—¡A la una!—insisto, al soltarles en la acera.
IV
Choque, con Farnesio, cuando se entera de que tengo invitado á almorzar á un hombre desconocido, una nueva relación.
Planteo la cuestión resueltamente.
—Amigo mío, le quiero á usted muy de veras, no lo dude, pero pienso hacer mi gusto.
—Vas á desacreditarte... Serás la fábula de Madrid.
—Nadie me conoce en Madrid, Farnesio. Que soy la heredera de doña Catalina Mascareñas, lo saben los cuatro amigos rancios de... mi tía; amistades que no he querido continuar. Mi tía se había obscurecido bastante en los últimos años. Madrid me ignora, como ignoro yo á Madrid. En Alcalá me conocen... Pero, ¿qué importa Alcalá? Cuando yo vegetaba allí, entre viejos, en la antesala del claustro, ¿qué dueña ni qué rodrigón me han puesto ustedes para guardarme? He decidido vivir como me plazca.
Farnesio me oye, amoratado de enojo.
—He cumplido mi deber. No puedo ir más allá...
—¿Quiere usted, de paso que sale, disponer que pongan los dos cubiertos en la serre?