Y recalco lo de los dos cubiertos, porque, á veces, Farnesio almuerza conmigo, y no es cosa de que hoy se me instale allí, de vigilante. Me reservo la libertad de mi tête-à-tête.

El proco, más que puntual. Se adelanta una hora justa. A las doce, ya el gabinete hiede á brillantina. Yo no me presenté hasta un cuarto de hora antes de la señalada, vestida de gasa negra con golpes de azabache, mangas hasta el codo y canesú calado, y las manos, cuidadísimas, endiamantadas, sin una piedra de color. Al saludarle observé que estaba volado. Anestesié su vanidad con excusas y chanzas, y tomé su brazo para pasar á la serre, donde era una coquetería la mesita velada de encaje, centrada de rosas rojas, servida con Sajonias finas, y sombreada por los flábulos de una palmera lustrosa. De puro emocionado, Aparicio no acertaba á deglutir el consommé. Evidentemente recelaba comer mal, verter el contenido de la cuchara, manchar el mantel, tirar la copa ligera donde la bella sangre del Burdeos ríe y descansa. Y estaba alerta, inquieto, sin poder gozar de la hora. Para él, yo soy una dama del gran mundo... (De un mundo que no he visto, pero que no me habrá de causar ni cortedad ni sorpresa cuando llegue á verlo.)

Me dedico á serenar el espíritu del intelectual, y alardeo de admiración, de cierto respeto, de cordialidad amena y decente. Con la malicia retozona que siempre tengo dispuesta para Polilla, me entretengo en representar este papel fácil, hecho. Doy al proco un rato de deliciosa ilusión. ¿No es la ilusión lo mejor, lo raro?

El café, las mecedoras, ese momento de beatitud, en que la digestión comienza... Él, ya á sus anchas, acerca su silla un tanto, y yo no alejo la mía. Estoy de excelente humor, y no percibo ni rastro de esa emotividad que, según Aparicio, caracteriza á la mujer. Mi corazón se encuentra tan tranquilo como un pájaro disecado.

—Lina...—se atreve él—no puede usted figurarse...

—Vamos—calculo—es el momento... Se decide...

—No puede usted figurarse...—insiste.—Hay cosas que, realmente, tienen algo de fantástico, de irreal... Cómo había de imaginarme yo que... que...

Se adivina lo que añade D. Hilario, y se devana fácilmente el hilo de su discurso. Así como se presume mi respuesta, ambiguamente melosa y capciosa. Después de las primeras cucharadas dulces, sitúo mis baterías.

—Hilario, entre usted y yo no caben las vulgaridades de rúbrica... Somos seres diferentes de la muchedumbre. Y nos hemos acercado y nos hemos sentido atraídos, por algo superior á la... á la mera atracción del... del sexo. ¿Me equivoco? No, no es posible que me equivoque. Aquí estamos reunidos para tratar de una idea salvadora...

—Para eso... y para algo quizás mejor—objeta él, soliviantado.