—¿No habíamos quedado en que el amor era un sacrificio?

—Según... según—tartamudeó—. Lina, hay horas en que olvida uno lo que piensa, lo que diserta, lo que escribe. La impresión que se sufre es de aquellas que... Sea piadosa! No me obligue á recordar ahora mi labor dura, incesante, mi acerba lucha por la existencia!

—Sí, recordémosla—argüí—pues aquí estoy yo para que fructifique. Ese es mi oficio providencial. Poseo una fortuna considerable, y usted me ha enseñado como debo invertirla.

Hizo un gesto, como si el hecho fuera desdeñable, mínimo.

—No, si adivino su desinterés. Me he adelantado á él. La fortuna no será para nosotros: entera se consagrará al triunfo de los ideales. Ni aun la administraremos. Eso se arreglará de tal manera, que ni la más viperina maldad pueda atribuirnos, y á usted sobre todo, vileza alguna. Nosotros, unidos libremente, claro es, renunciaremos á todo, viviremos de nuestro trabajo, en nuestro apostolado... ¡Qué divertido será! ¿Por qué se queda frío, Aparicio...? ¿No he acertado? ¿Es una locura de mujer entusiasta? ¿No es eso lo que usted pretendía, la realización de su ensueño?

—Sí, sí... Es que, de puro esplendoroso, así al pronto, el plan me deslumbra... Déjeme usted respirar. ¡Es tan nuevo, tan inaudito lo que me pasa! ¡Desde ayer creo que vivo soñando y que voy á despertarme rodeado, como antes, de miseria, de decepciones! ¡Que se me aparezca el ángel de salvación... y que tenga su forma de usted! ¡Una forma tan hermosa! Porque es usted hermosísima, Lina. No sé lo que me pasa...

—Cuidado, Aparicio—y simulo confusión, rubor, trastorno—no perdamos de vista que el objeto... el objeto...

La brillantina se me acerca tanto, que debo de hacer una mueca rara.

—No, no lo pierdo de vista... El objeto es la felicidad de muchos seres humanos. Si empezamos por la nuestra, cuánto mejor. Así caminaríamos sobre seguro.

—¿No es usted altruista?