—Altruista... sí... y también, verá usted... también soy Kirrkegaardiano...
—¿Cómo? ¿Cómo?
—Ya, ya le explicaré á usted ese filósofo... No hay ética colectiva... La moral debe ser nuestra, individual...
—Eso me va gustando—sonreí.
—Es claro... No puede por menos. Tiene usted demasiada penetración. Y por eso, aun en nuestra obra redentora de apostolado, debemos partir de nosotros mismos.
—Y prescindir de Polilla—observo, infantilmente.
—Y prescindir de Polilla. Nosotros lo arreglaremos perfectamente. No hay que ir al extremo de las cosas. Nadie mejor que nosotros para administrar... administrar solamente, bueno... las riquezas que usted posee... y que, en otras manos, tal vez serían robadas, dilapidadas... Y en cuanto á nuestra unión... Lina, por usted... por usted, por su respetabilidad... yo me presto, yo asiento á todas las fórmulas, á todas las consagraciones... Una cosa es el ideal, otra su encarnación en lo real...
No pude contenerme. Solté una risa jovial, victoriosa. Aquel toro, desde el primer momento, se venía á donde lo citaban los capotes revoladores y clásicos. Un marido como otro cualquiera, ante la iglesia y la ley. Porque así, yo le pertenecía, y mis bienes lo mismo, ó al menos su disfrute.
—No se sobresalte, Hilario... Si no me río de usted. Me río de nuestro inmejorable Polilla. Figúrese mi satisfacción. Es que le he ganado la apuesta. Aposté con él á que, á pesar de las apariencias, era usted un hombre de talento. ¡Espere usted, espere usted, voy á explicarme...! Perdóneme la inocente añagaza, la red de seda que le he tendido. Las apariencias le presentan á usted como un teórico que devana marañas de ideas, basándose en el instinto que sienten todos los hombres de exigirle á la vida cuanto pueden y de adquirir lo que otros disfrutan. Pero usted reclama todo eso para el individuo, y el individuo que más le importa á usted, es naturalmente, usted mismo. ¡Cómo no! Si dentro de las circunstancias actuales su individuo de usted puede hallar lo que apetece, ya no necesita usted modificar en lo más mínimo esas circunstancias. Ninguna falta le hace á usted la transformación de la sociedad y del mundo. Para usted el mundo se ha transformado ya en el sentido más favorable y justo... ¿Acierto?
No me respondía. Abierta la boca, fijos los ojos, más pálido que de costumbre, aterrado, me miraba; no se daba cuenta de como y por donde había de tomar mi arenga. ¿Era burla escocedora? ¿Era originalidad de antojadiza dama? ¿Qué significaba todo ello?