—Acierto de fijo—adulé—. Usted, persona de entendimiento superior, tiene dos criterios, dos sistemas; uno, para servirle de arma de combate, en esa lucha recia que adivino, y en la cual derrochó usted la juventud, la salud y el cerebro, sin resultado; otra, para gobernar interiormente su existir y no ser ante sí propio un Quijote sin caballería... y sin la gran cordura de Don Quijote, que á mi se me figura uno de los cuerdos más cuerdos! Vuelvo á preguntar. ¿Me equivoco?
—En varios respectos...—barbotó indeciso—no... Todo eso... Mirándolo desde el punto de vista... Sin embargo... ¿Por qué...?
—Atienda, Hilario... Yo veo en usted á un hombre superior, que patulla en un pantano donde se le han quedado presos los pies. Le saco á usted de ese pantano... con esta mano misma.
Se la tendí. Resucitado, enajenado, besó los diamantes, á topetones, y los dedos, ansioso.
—Le saco del pantano. Créame. Va usted á donde debe, al Congreso, al Ministerio, á las cimas. Y acepta usted cuanto existe, desde el cedro hasta el hisopo. Como que, dentro de usted, aceptado estaba. ¡Ni que fuera usted algún sandio! ¿Conformes? Si yo se lo decía á D. Antón: «Seré su ninfa, su Egeria... si resulta que tiene talento, apesar de semejantes teorías y semejantes libros...» ¿Digo bien? Pues á obedecerme...
Hizo una semiarrodilladura.
—Me entrego á mi hada...
Cuando se fué—obedeciendo á una orden, porque su brillantina ya me enjaquecaba fuertemente—sentí algo parecido á remordimiento. Y escribí á Polilla algunos renglones; esto, en substancia:
«Cuando necesite Aparicio protección, dinero, avíseme usted. Y así que pueda, y me haga amiga de algún personaje político, he de colocarle, según sus méritos, que son muchos. Tiene facultades extraordinarias... Agradezco á usted altamente que me haya facilitado conocerle...»
Llamé á un criado.