—Esta carta al correo. Y cuando vuelva este señor que ha almorzado aquí, que le digan siempre que he salido.

IV
El de Farnesio.

I

Los soplos primaverales, con su especie de ilusoria renovación, (todo continúa lo mismo, pero al cabo, en nosotros, en lo único que acaso sea real, hay fervorines de savia y turgencias de yemas), me sugieren inquietud de traslación. Me gustaría viajar. ¿No fueron los viajes uno de los goces que soñé imposibles en mi destierro?

A la primer indicación que hago á Farnesio, para que me proviste de fondos, noto en él satisfacción; mis planes, sin duda, encajan en los suyos. Es quizás el solo momento en que se dilata placenteramente su faz, que ha debido de ser muy atractiva. Habrá tenido la tez aceitunada y pálida, frecuente en los individuos de origen meridional, y sobre la cual resalta con provocativa gracia el bigote negro, hoy de plomo hilado. Sus ojos habrán sido apasionados, intensos; aún conservan terciopelos y sombras de pestañaje. Su cuerpo permanece esbelto, seco, con piernas de alambre electrizado. No ha adquirido la pachorra egoísta de la cincuentena: conserva una ansiedad, un sentido dramático de la vida. Todo esto lo noto mejor ahora, acaso porque conozco antecedentes...

—¿Viajar? ¡Qué buena idea has tenido, Lina! Justamente, iba á proponerte...

—¿Qué?—respingo yo.

—Lo que me ha escrito, encargándome que te lo participe, tu tío D. Juan Clímaco. Dice que toda la familia desea mucho conocerte, y te invita á pasar una temporada con ellos en Granada. Ya ves...