—Ya veo... No era ese el viaje libre y caprichoso que fantaseaba... Pero Granada me suena... ¿Y qué familia es la de mi tío? No lo sospecho.

La cara de Farnesio, siempre sentimental, adquirió expresión más significativa al darme los datos que pedía. Hablaba como el que trata de un asunto vital, de la más alta y profunda importancia.

—Por de pronto, tu tío, un señor... de cuidado, temible. Desde que le conozco ha duplicado su fortuna, y va camino de triplicarla. Está viudo de una señora muy linajuda, procedente de los Fernández de Córdoba, y que tenía más de un cuarterón de sangre mora, ¡tan ilustre en ella como la cristiana! Descendencia de reyes, ó emires, ó qué sé yo... Le han quedado tres hijos: José María, Estebanillo y Angustias.

—¿Solteros?

—Todos. El mayor, José María, contará unos veintinueve á treinta años...

—¡Entonces ya entiendo el mecanismo del viaje, amigo mío! ¿Á que sí, á que sí? No guarde usted nunca secretillos conmigo, Farnesio; ¡si al cabo no le vale! D. Juan Clímaco Mascareñas debía ser el heredero de mi... tía, y yo le he quitado esa breva de entre los dientes. Según usted me lo pinta, codicioso, el buen señor lo habrá sentido á par del alma. Como además es inteligente, ha tomado el partido de callarse y trazar otro plan, á base de hijo casadero... Y como usted tiene la desgracia de tener... buena conciencia... se cree en el deber de auxiliar á D. Juan en el desquite que anhela... y de aproximarme al primo José María ó al primo Estebanillo...

—¡Oh! Lo que es el primo Estebanillo... ese...

—¡Ya! Se trata de José María...

Farnesio calla conmovidísimo, con el respiro anhelante. No se atreve á lanzarse á un elogio caluroso; tiembla y se encoge ante mis soflamas y roncerías.

—Sea usted franco...