Se decide, todo estremecido, y habla ronco, hondo.

—No veo por qué no... En efecto, opino que tu primo José María puede ser para tí un marido excelente, y creo que, en conciencia, ya que de conciencia hablaste, Lina... ya que piensas en la conciencia... ¡porque en ella hay que pensar!... mejor sería que, en esa forma, los Mascareñas no pudiesen nunca... nunca...

—¿Era ó no doña Catalina dueña de su fortuna?—insisto acorralándole y descomponiéndole.

—¡Dueña! ¡Quién lo duda!... Sin embargo... En fin...

Y, cogiéndome las manos, con un balbuceo en que hay lágrimas, D. Genaro añade:

—No se trata sólo de la conciencia... ni del daño y perjuicio de tus parientes... Es por ti... ¿me entiendes?, por ti... Cuando un peligro te amenace, cuando algo pueda venir contra ti..., oye á Farnesio... ¡Qué anhela Farnesio sino tu dicha, tu bien!

Mi corazón se reblandeció un momento, bajo la costra de mis agravios antiguos, del injusto modo de mi crianza, que casi hizo de mí un Segismundo hembra, análogo al anarquista creado por Calderón.

—Lo creo así, D. Genaro. Y como con ver nada se pierde... iré á Granada. Será, por otra parte, cosa divertida. ¿No le agradaría á usted acompañarme?

Se demuda otra vez.

—No, no... Conviene más que me quede... ¿Por qué no buscamos una señora formal...?