—¡Déjeme usted de formalidades y de señoras! Me llevaré á Octavia, la francesa.

—Buen cascabel.

—Va para limpiarme las botas y colgar mis trajes. Para lo demás, voy yo.

Se resigna. Él escribirá, á fin de que me esperen en la estación...

Empieza mi faena con Octavia. Es una doncella que he pedido á la Agencia, y que parece recortada de un catálogo de almacén parisiense. Á ninguna hora la sorprendo sin su delantal de encajes, su picante lazo azul bajo el cuello recto, níveo, su tocadito farfullado de valenciennes, divinamente peinada. Transciende á Ideal, y está llena de menosprecio hacia lo barato, lo anticuado, les horreurs. La vieja Eladia, á quien he relegado al cargo de ama de llaves, aborrece de muerte á la «franchuta».

Prepara Octavia genialmente mi equipaje, pensando en ahorrarme las molestias de las pequeñeces, los petits riens, lo que más mortifica, la hoja de rosa doblada. ¡Friolera! ¡Hacer noche en el tren! Hay que prevenirse...

—¿Cuándo es la marcha, madame?

—Dentro de una semana, ma fille... Cuando nos entreguen todo lo encargado...

—¿La señorita no tiene prisa?

—Maldita... ¡Figúrate que voy en busca de novio!