Se ríe; supone que bromeo. Es una mujer de cara irregular, tez adobada, talle primoroso. Ni fea ni bonita; acaso, por dentro, ajada y flácida; llamativa como las caricaturas picarescas de los kioscos. Tal vez no muy conveniente para servir á una dama. Pero tan dispuesta, tan complacedora... ¡Se calza tan bien... lleva las uñas tan nítidas!

Al disponer este viaje, advierto más que nunca la falta—en medio de mi opulencia—de lujos refinados. De doña Catalina, que nunca viajaba, no he heredado una maleta decorosa. Encuentro un amazacotado neceser de plata, de su marido, con navajas de afeitar, brochas y pelos aún en ellas. Octavia lo examina. «¡L’horreur!» Recorro tiendas: no hay sino fealdades mezquinas. No tengo tiempo de encargar á Londres, único punto del mundo en que se hacen objetos de viaje presentables... En Madrid—deplora Octavia—no se halla rien de rien... A trompicones, me provisto de sauts de lit, coqueterías encintajadas, que son una espuma. Ya florezco mi luto de blanco, de lila, de los dulces tonos del alivio. Batistas, encajes, primavera... Y seda calada en mis pies, que la manicura ha suavizado y limado como si fuesen manos.

—¿Todo esto, por el primo de Granada, á quien no conozco?

No; por mi autocultivo estético. Es que el bienestar no me basta. Quiero la nota de lo superfluo, que nos distancia de la muchedumbre. Lo que pasa es que procurarse lo superfluo, es más difícil que procurarse lo necesario. No se tiene lo superfluo porque se tenga dinero; se necesita el trabajo minucioso, incesante, de quintaesenciarnos á nosotros mismos y á cuanto nos rodea. La ordinariez, la vulgaridad, lo antiestético, nos acechan á cada paso y nos invaden, insidiosos, como el polvo, la humedad y la polilla. Al primer descuido, nos visten, nos amueblan cosas odiosas, y el ensueño estético se esfuma. ¡No lo consentiré! ¡Mejor me concibo pobre, como en Alcalá, que en una riqueza basta y osificada, como la de doña Catalina Mascareñas, mi... mi tía!

Por otra parte, como no soy un premio de belleza, y lo que me realza es el marco, quiero ese marco, prodigio de cinceladura, bien incrustado de pedrería artística, como el atavío de mi patrona, la Alejandrina, que amó la Belleza hasta la muerte.

En cuanto al proco... ¡bah! Ni sé si me casaré pronto ó tarde, ni si lo deseo, ni si lo temo. ¿Qué duerme en el fondo de mi instinto? Es aún misterioso. Casarse será tener dueño... ¿Dulce dueño?... El día en que no ame, mi dueño podrá exigirme que haga los gestos amorosos... El día en que mi pulmón reclame aire bravo, me querrá mansa y solícita... La libertad material no es lo que más sentiría perder. Dentro está nuestra libertad; en el espíritu. Así, en frío, no me seduce la proposición de Farnesio.

Hago memoria de que en Alcalá, leyendo las comedias antiguas, me sorprendía la facilidad con que damas y galanes, en la escena final, se lanzan á bodas. «Don Juan, vos casaréis con doña Leonor, y vos, don Gutierre, dad á doña Inés mano de esposo... Senado ilustre, perdona las muchas faltas...» Y recuerdo que en una de esas mismas comedias, de don Diego Hurtado de Mendoza, hay un personaje que dice á dos recién casadas:

«Suyas sois, en fin; más ved
que ya en nada quedáis vuestras...»

Pocos maridos recuerdan la advertencia del mismo personaje:

«Y vos, don Sancho y don Juan,
estad cada uno advertido
que el entrar á ser marido
no es salir de ser galán...»