En resumen, mi caso no es el frecuente de la mujer que repugna el matrimonio porque repugna la sujeción. Hay algo más... Hay esta alta, íntima estimación de mí propia; hay el temor de no poder estimar en tanto precio al hombre que acepte. El temor de unirme á un inferior... La inferioridad no estriba en la posición, ni en el dinero, ni en el nacimiento... Este temor, ¡bueno fuera que lo sintiese ahora! Lo sentía en Alcalá, cuando barría mi criada con escobas inservibles... Acaso me ha preservado de algún amorcillo vulgar.
¿Habrá proco que me produzca el arrebato necesario para olvidar que «ya en nada soy mía»? No sé por dónde vendrá el desencanto; pero vendrá. Soy como aquel que sabe que existe una isla llena de verdor, de gorjeos, de grutas, de arroyos, y comprende que nunca ha de desembarcar en sus playas. No desembarcaré en la playa del amor. Y, si me analizo profundamente, ello es que deseo amar... ¡cuánto y de qué manera! Con toda la violencia de mi sér escogido, singular; como el ciervo anhela los ocultos manantiales...
¿Por qué lo deseo? Tampoco esto me lo defino bien. En tantos años de comprimida juventud y de soledad, he pasado, sin duda, mi ensueño por el tamiz de mi inteligencia; he pulido y afiligranado mi exigencia sentimental; he tenido tiempo de alimentarla; la he alquitarado, y su esencia es fuerte. Mi ansia es exigente; mi cerebro ha descendido á mi corazón, le ha enlorigado con laminillas de oro, pero en su centro ha encendido una llama que devora. Y, enamorada perdida, considero imposible enamorarme...
II
En la estación de Granada me aguardan los Mascareñas.
Desde una hora antes, hemos trabajado Octavia y yo en disimular las huellas de la noche en ferrocarril. Y me he tratado, á mí misma, de estúpida. ¿Por qué no haber venido en auto? Pero un auto de camino, decente, tampoco se encontraría en Madrid, de pronto.
Por fortuna he dormido, y no presento la máscara pocha del insomnio. Mi hálito no delata el trastorno del estómago revuelto. Lo impulso varias veces hacia las ventanas de la nariz, y me convenzo de su pureza. Por precaución, me enjuago con agua y elixir y mastico una pastilla de frambuesa, de las que encierra mi bombonerita de oro, cuya tapa es una amatista cabujón, orlada de chispas. En joyería, está Madrid más adelantado que en confort.
Refresco mi tez, mi peinado, mi traje. Me mudo la tira blanca del cuello. Renuevo los guantes, de Suecia flexible. Atiranto mis medias de seda, transparentes, no caladas (lo calado, para viaje, es mauvais genre). Y bien hice, porque al detenerse el tren y precipitarse el primo José María á darme la mano para bajar, su mirada va directa, no á mi cara, sino al pie que adelanto, al tobillo delicado, redondo.
El rostro, verdad es, lo llevo cubierto con un velo de tupida gasa negra, bajo el cual todavía nubla las facciones un tul blanco. Entrevista apenas, yo veo perfectamente á mis primos. José María es un moro; le falta el jaique. Estebanillo un mocetón, rubio como las candelas. La prima, igual á José María, con más años y declinando hacia lo seco y lo serio meridional, más serio y seco que lo inglés. El tío Juan Clímaco... De éste habrá mucho que contar camino adelante.
Hay saludos, ceceos, ofrecimientos, cordialidades. Dos coches, á cual mejor enganchado, nos aguardan. En uno subimos las mujeres, el tío Clímaco—así le llamo desde el primer momento—y el hijo mayor. En el otro, Octavia y las maletas. Estebanillo lo guía.