La casa es un semipalacio, en una calle céntrica, antigua, grave. ¡Qué lástima! Un edificio nuevo, bien distribuído, vasto, sustitución de otro viejo «que ya no prestaba comodidad». En el actual, obra de mi tío, nada falta de lo que exigen la higiene y la vida á la moderna. Se han conservado muebles íntimos, viejos—bargueños, sillerías aparatosas, cuadros, braseros claveteados de plata—pero domina lo superpuesto, la laca blanca, el mobiliario á la inglesa. Estebanillo me lo hace observar. Angustias—á quien llaman sus hermanos Gugú, transformación infantil de un nombre feo—se siente también orgullosa de la educación recibida en un convento del Yorkshire, de que «el niño» se haya recriado en Londres, de los baños y los lavabos de porcelana que parece leche, de esa capa anglófila que reviste hoy á tanta parte de la aristocracia andaluza. Me conducen á mi cuarto, me enseñan el tocador lleno de grifos, de toda especie de aparatos metálicos para llamar, soltar agua hirviendo ó fría... Me advierten que se almuerza á las doce y media. Y el lánguido, fino ceceo del primo José María, interviene:

—No cean uztéz apuronez; la verdá, siempre nos sentamo á la una.

Lo agradezco. Octavia prepara el baño, deshace bultos, y á las dos horas de chapuzar y componerme algo, salgo hecha una lechuga, enfundada en tela gris ceniza, y hambrienta.

Me sientan entre el tío y el primo, que así como indiscretamente escudriñó el arranque de mi canilla, ahora registra mi nuca, mi garganta, hunde los ojos en la sombra de mi pelo fosco. Me sirve con aire de rendimiento adorador, y á la vez con suave cuchufleteo, burlándose de mi apetito. El come poco; al terminar se levanta aprisa, pide permiso, saca accesorios muy elegantes de fumador y enciende un puro exquisito, de aroma capcioso, que mis sentidos saborean. Es la primera vez que á mi lado un hombre fuma con refinamiento, con manos pulidas, con garbo y donaire.—Carranza, al fumar, resollaba como una foca.—La onda del humo me embriaga ligeramente.

José María tiene el tipo clásico. Es moreno, de pelo liso, azulado, boca recortada á tijera, dientes piñoneros, ojos espléndidamente lucientes y sombríos, árabes legítimos, talle quebrado, ágiles gestos y calmosa actitud. Su habla lenta, sin ingenio, tiene un encanto infantil, espontáneo. No charla; me mira de cien modos.

Reposado el café, surge lo inevitable.

—¿Tú querrá ve la Jalambra, prima?

¡Si quiero ver la Alhambra! Pero no así; yo sola, sin que coreen mi impresión. Pecho al agua. Lo suelto.

—¡Ah!—celebra Estebanillo.—Como las inglesas...

—Has tu gusto, niña—sentencia el tío Clímaco.—Es la cosa más sana...