En casa de mi tío no saben qué pensar de mí. ¿Soy una maniática; soy una casquivana; soy una hembra «de cuidado», con la cual hay que mirar donde se pisa? Gugú no me entiende. Se afana en obsequiarme, insegura del resultado. Estebanillo, el mocetón anglófilo, de labio rasurado, aunque afecte frialdad y superioridad, me teme un poco. José María, que no es ningún patán, pero cuyo pensamiento no va más allá del sensualismo de su raza, está desconcertado: con otra mujer hubiese él pisado firme... ¡Vaya! Su olfato sagaz en lo femenino le aconseja que conmigo no se aventure, no se resbale... Y, sobre todo, el tío, el gitano-señor, anda receloso: empieza á consagrarme un estudio excesivo, una atención disimulada, de todos los momentos. ¿Por dónde saldré? Es sobrado ladino para no conocer que José María y yo, á pesar de las apariencias, todavía no... vamos, no... En el mismo acostumbrado tono, de galantería chancera, picante, popular y señoril, el tío Clímaco me analiza, quiere desentrañar mis aspiraciones, saber de qué pie cojea esta sobrina millonaria y extravagante, que se va de noche á la Alhambra, con un guapo mozo, á mirar realmente correr el agüilla... ¿Seré de mármol, como los leones? ¿Seré una romanticona..? ¡Qué de hipótesis! La verdad, no es dable que la interprete el de las grises patillas, el marrajo que me ha señalado por suya, á fin de que no prevalezca la superchería y vuelva la rama á la rama y el tronco al tronco...

Debe de correr por Granada una leyenda apropósito de mí. Lo noto en la aguda curiosidad que me acoge, en los eufemismos con que se me habla. ¡Lo que más ha contribuído á dar cuerpo á la leyenda, es mi originalidad de no querer ver, en la ciudad, absolutamente más que la Alhambra! El primer día me llevaron al Laurel de la Reina. Después, me negué rotundamente. Ni Catedral, ni Cartuja, ni sepulcro de los Católicos, ni Albaicín, ni Sacro Monte... Nada que pudiese mezclar sus líneas y sus colores y sus formas con las de la Alhambra.

—Se acabó, prenda: que la Jalambra te ha embrujao...

Para desembrujarme, el tío propone unos días en Loja. Tiene allí asuntos; hay que ver aquellos rincones, donde posee dos palacios y un cortijo, hacia la Sierra.

—Capás eres de que te gusten más aquellos caserones que este de aquí.

—Si son antiguos, de seguro.

—¡Pero qué afisioná á las antiguayas!—susurra el proco, dando á lo inofensivo intención. Voy á pedí á la Virgen e la Victoria, de Loha, que me haga encanesé...

Y, en efecto, el palacete de Loja me cautiva tanto como me deja fría la cómoda vivienda de Granada, y su inglés «conforte». Es un edificio á la italiana, con vestíbulo y ático de mármol serrano, y columnas de jaspe rosa. No está en Loja misma: de la posesión al pueblo media un trayecto corto, entre sembrados y alamedas. No tiene el palacio, de las clásicas construcciones andaluzas, sino el gran patio central, pero sin arcadas. En medio, la fuente, de amplio pilón, se rodea de tiestos de claveles, y el surtidor canta su estrofa, compañera inseparable de la vida granadí.

Al entrar en la residencia, dueñas ceceosas y mozas de negros ojos me dirigen cumplimientos. Mi habitación cae al jardín, donde toda la noche cantan los ruiseñores. Jazmines y mosquetas enraman la reja de retorcidos hierros. Al amanecer, salgo á tomar aire, y desde el parapeto veo, en un fondo de cristal, el panorama de Loja, la mala de ganar, la que dió que hacer al cristiano, por lo cual, los Reyes pusieron á su Virgen la advocación de la Victoria. Diviso los dos arcos del puente sobre el Genil, el blanco caserío, las densas frondas, las ruinas, las montañas, las torres de las iglesias, descollando la redonda cúpula de la mayor... Y José María se aparece, saliendo no sé de dónde.

—¿Te gusta el poblachón? Yo te llevaré á ver sitio... Esto lo conosco... Aquí me crié...