Voy con él á recorrer los tales sitios. Gugú tiene que hacer en casa; tío Clímaco se pasa la vida sentado en el patio, escuchando á los lugareños, que vienen á hablarle de cosechas, arriendos y labores; Estebanillo allá se ha quedado, en Granada, con unos amigos ingleses, que acaso se lo lleven á dar una vuelta por Biarritz, en automóvil... Y yo pertenezco á José María, pero le tengo á raya: sigue presintiendo en mí enigmas psicológicos, no comprendidos en su ciencia femenina. Me lleva á la Alfaguara ó fuente de la Mora, torrente que brota, al parecer, de un inmenso paredón inundado de maleza, y mana límpido por veinticinco caños. ¡El agua! Siempre el agua misteriosa, varias veces centenaria, que habrán bebido los que murieron! Si subimos por los abruptos flancos de la Sierra, hacia algún cortijo, á comer gachas y á cortar albespinas silvestres, el agua rueda de las laderas, surte de los pedruscos, retostados, candentes... Si seguimos la llanura, al revolver de un sendero, nos sale al paso la extraña cascada de los Infiernos, oculta en un repliegue, delatada por su fragor espantable, saltando espumeante, retorcida y convulsa. Y si visitamos, en la falda de la Nevada, la fábrica de aserrar mármoles, el agua es lo deleitoso. Trepamos por las suaves vertientes, sembradas de fragmentos de mármol amarillo, con vetas azules y blancas, y de un ágata roja, en la cual serpentean venas de cuarzo. El cielo tiene esa pureza y esos tonos anaranjados, que hicieron que Fortuny se quedase dos años donde había pensado estar quince días, y que extasiaron á Regnault. No sin protestas de José María—¡estropear las manitas de sea!—alzo un trozo de piedra y hallo impresa en él la huella fósil, las bellas volutas del anmonites primitivo. Mi primo lo mira enarcando las cejas.
—¿No se te ha ocurrido subir á los picos de la Sierra?—le pregunté.
—No... ¿Pa qué? ¡Pero si é antoho, te acompaño! Se buscan mulo, y por lo meno hata el picacho de Veleta... Porque despué, se pué, se pué... pero sólo en aeroplano, hiha!
—¿Quién sabe, primo, si te cojo la palabra?
—Contigo, al Polo.
Bajamos á la serrería; nos enseñan los pulimentados tableros de mármol; seguimos hasta un recodo que forma el riachuelo, donde en la corriente remansada se mecen las plumeadas hojas de culantrillos y escolopendras. Un zagal se acerca, tirando de la cuerda que sujeta á una hermosa cabra fulva, de esas granadinas, cuya leche es deliciosa. A nuestra vista la ordeña y mete la vasija dentro del remanso. De la serrería nos traen pestiños, alfajores, miel sobre hojuelas, rosquillas de almendra, muestras de la golosa confitería de Loja, donde se venden más yemas y bollos que carne de matadero. Riendo, bebemos la leche: en el baño se ha helado casi. Es una hora divina, un conjunto de sensaciones fluidas, livianas como el agua, rosadas como el cielo, que vierte ráfagas lumbrosas sobre las nieves de los picos.
Volvemos despacio, por las sendas olientes á mejorana y á menta silvestre. José María me lleva del brazo. Su sentido de lo femenil le dice que los momentos van siendo propicios. De súbito, manifiesta entusiasmo por la expedición á la Alpujarra, y me cuenta maravillas del pico de Mulhacén, de los aspectos pintorescos de los pueblos de la sierra, que él jamás ha visto. Penetro su intención, y quién sabe si late en mí una secreta complicidad. Después de la poesía moruna de la Alhambra, la sierra es el complemento, la clave. Allí se había refugiado la raza vencida... Las aguas seculares descendían de allí, de los riscos donde, impensadamente, en oasis, el naranjo cuaja su azahar. José María, para la excursión, se vestiría—y no sería disfraz, pues así suele andar por el campo—de corto, airosamente, con marsellés, faja, sombrero ancho y elegantes botines. Yo llevaría falda corta, y los cascabeles de las mulas, tintineando sonoramente, despertarían un eco melancólico en las gargantas broncas del paisaje serrano. Mientras la noche desciende, clara y cálida, forjo mi novela alpujarreña. José María empieza á producirme el mismo efecto que la Alhambra; disuelve, embarga mi voluntad. Hay en él una atracción obscura, que poco á poco va dominándome.
En eso pienso mientras Octavia me desnuda, escandalizada de los accidentes de mi atavío en estas excursiones: de mi calzado arañado y polvoriento; de mi pelo, en que se enredaron ramillas; de mis bajos, en que hay jirones.
—¡Si c’est Dieu possible! ¡Comment madame est faite!
Ella, que trae revuelta y encandilada á la servidumbre y á los campesinos que acuden á conferenciar con mi tío, y hasta sospecho que á mi propio tío,