—Y yo te digo que no te vas, hata haser las pase. ¿Si conoseré yo á los niños? Sobrina, ¿piensas que el tío Clímaco es siego ó es tonto? Como palomitos os arruyásteis anoche en el comedor. Cuanto más reñidos, más queridos. Y esta boda, serrana, te parecerá á tí que no, pero es de necesiá. No me hagas hablar más, que tú tampoco ere lerda, y me entiendes á media habla, y se acabó, y no demos que reir al diablo.
—Ni hay boda, ni arrullos, tío. Al menos, por ahora—transigí.—Dispénseme usted; no cambio yo nunca de resolución. Menos aún cambiaría ante lo violento.
—Qué violento, ni... Si á tí se te ha metido en el corasón el muchacho. Si le quieres. Suerte que sea así, porque te ahorras muchos disgustos que te aguardaban... Yo soy un infeliz, pero eso de que quiten á uno lo que debe ser suyo, no le hase tilín á nadie. Y hay modos y modos de quitar. ¡Nada, que no suelto la lengua! Ni es preciso, porque, al cabo, mi hijo y tú...—Y juntó las yemas de los pulgares.
Me levanté tranquila, hasta sonriente—aunque por dentro, un terremoto de indignación me sacudía ante aquel gitano trabucaire, que me exigía la bolsa ó la vida, apostado en un desfiladero de la Sierra. Todo el britanismo de cascarilla se le caía á pedazos, y aparecía el verdadero sér... el natural, acaso el más estético y pintoresco. Me propuse burlarle; realicé un esfuerzo, me dominé, me incliné hacia él, y, acariciando con el abanico sus patillas típicas, murmuré sonriendo:
—¡Soniche!
A su vez, se incorporó. Descompuestas las facciones, en sus ojos brilló una chispa mala, venida de muy lejos. La mirada del que asesinaría, si pudiese...
¿A mí por el terror? Resistí la mirada, y con cuajo frío, sentencié.
—Ahora le digo á usted que me voy, no por la tarde, sino inmediatamente, á pie, á Loja. De allí, en un coche, á donde me plazca. Ahí queda mi criada, que arreglará el equipaje. Y cuidado con que nadie me siga, ni me estorbe. Adiós, tío Juan. Por si no volvemos á vernos, la mano...
Estrujó iracundo la mía y la sacudió. Logré no gritar, no revelar el dolor del magullamiento.
—¿No vernos? ¡Ya nos veremos! Eso te lo fío yo...—Y cuando rompí á andar, puso el dedo en la frente, como diciendo que no me cree en mi cabal juicio.