Pocos días después, defendíase Tropiezo en la tertulia de Agonde, en la cual, por gusto de hacerle rabiar, le achacaban la desgracia de la maestra.
—Una, que me llamaron tarde, muy tarde, cuando ya la mujer estaba casi en la agonía... Otra, señores, que se tomó una cantidad de arsénico, que ni era tanta que la pudiese arrojar, ni tan poca que le produjese un coliquito y quedase despachada... Si tomase más, era más fácil gobernarlo, señores. En lo que no estuve muy acertado fué en no llamar antes al cura... Lo hice con buena intención, por no asustarla, y por si la íbamos sacando adelante... Cuando le pusieron la extrema, ya no daba á pie ni á pierna...
—¡De modo, murmuró malignamente Agonde, que con V., ó el cuerpo ó el alma no se libran de un tropiezo!
Celebró la tertulia el dicho, y hubo chanzas fúnebres y frases compasivas. Clodio Genday, el acreedor de la difunta, se agitaba en el asiento. ¡Qué conversación más tonta! ¡Hablar de cosas alegres, canario!
Se habló, en efecto, de cosas alegres y satisfactorias: el señorito de Romero había ofrecido poner en Vilamorta estación telegráfica; y también se decía mucho en los papeles que la importancia vitícola del Borde reclamaba un ramal de ferrocarril, y pronto vendrían los ingenieros á estudiarlo.
La Coruña, Septiembre de 1884.
LIBRERÍA DE FERNANDO FÉ
Carrera de San Jerónimo, núm. 2