—Dame un vasito.
Flores declaraba que al coger el vaso, la mano de la maestra temblaba como si tuviese alferecía; y lo más singular fué que, no llevando el vaso azúcar, Leocadia cogió una cuchara de boj y la metió dentro...
Sin embargo, hasta de allí á una hora ú hora y media, no oyó Flores á Leocadia gemir... Se coló en el cuarto y la vió sobre la cama, con un color que ponía miedo; violentas náuseas levantaban su pecho acongojado, y tras de las náuseas y las arcadas y los convulsivos esfuerzos para vomitar, un frío sudor inundaba la frente de la enferma y se quedaba sin movimiento ni voz... Flores, espantada, salió corriendo en busca de don Fermín. Que se apurase, que esto no era de broma... Cuando vino don Fermín todo sofocado y preguntó:
—¿Pero vamos á ver, Leocadia, qué es esto? ¿Qué tiene, mujer? ¿qué tiene?
Ella, entreabriendo sus dilatados ojos, murmuró:
—Nada, don Fermín... Nada.
Á la cabecera de la cama estaba el vaso, sin agua ya, pero con una capa de polvos blancos adheridos al fondo y raspados á trechos por la cucharilla, pues el agua no había podido disolverlos y la maestra no quería dejarlos allí...
Conviene que también en esta ocasión declaremos que el insigne Tropiezo no dió ninguno en el expedito camino del tratamiento de tan sencillo caso. Ya había reñido Tropiezo algunas batallas más con aquella vulgar sustancia tóxica, y conocía sus mañas: acudió sin vacilar á los enérgicos vomitivos, al emético, al aceite... Sólo que el veneno, más listo que él, había pasado ya á la circulación, y corría por las venas de la maestra, helándolas... Cuando las náuseas y los vómitos cesaron, sobre la mortal palidez de Leocadia asomaron unas manchillas rojas, una erupción semejante á la escarlatina... Duró este síntoma hasta que vino la muerte á desatar aquel triste espíritu y emanciparlo de sus padecimientos, que fué al amanecer.
Poco antes de espirar, en un momento de calma, Leocadia hizo una señal á Flores, y le dijo al oído:
—Dame palabra... que no lo sabrá el chiquillo, ¿eh?... ¡Por el alma de tu madre no le digas... no le digas el modo de mi muerte!