Mucho dió que hablar Leocadia en Vilamorta. Estaba enferma, según unos; según otros, arruinada; y según bastantes, no muy cabal de juicio. Viéronla rondar la casa de Segundo varias noches, durante la enfermedad del poeta; se aseguraba que había vendido sus bienes, y que tenía su casita hipotecada á Clodio Genday; pero lo más extraño de todo, lo que acerbamente se censuraba, era el abandono en que dejaba á su hijo, después de haberlo cuidado y mimado tanto de pequeño, no yendo á verle ni un solo día á Orense, al paso que la vieja Flores iba sin cesar y á cada paso daba peores nuevas del chiquillo: que se consumía, que echaba sangre por la boca, que se moría de tristeza... que no duraría un mes... Leocadia, al oírlo, dejaba caer la barba sobre el pecho, y algunas veces se movían convulsivamente sus hombros, como si sollozase... Por lo demás, solía aparecer tranquila, aunque muy callada, y sin la actividad habitual en ella. Ayudaba á Flores en la cocina, atendía á las niñas de la escuela, barría, todo lo mismo que un autómata, y Flores, que la espiaba cruelmente para tomar nota de sus distracciones, se complacía en gritarle:
—Mujer, has dejado sucio este lado de la sartén... Mujer, no has cosido el roto de la saya... Mujer, ¿en qué piensas? Hoy voy á Orense; tienes tú que cuidar del puchero...
Á fines del verano, Clodio pidió los réditos de su empréstito, y Leocadia no pudo pagarlos; por lo cual se le anunció que el acreedor estaba en su derecho al reclamar la finca previos los trámites legales. Fué aquel un golpe terrible para Leocadia.
Acontece á veces que un prisionero, insigne personaje, rey quizás, confinado por reveses de la suerte en estrecha mazmorra, despojado de sus grandezas, privado de cuanto constituía su dicha, pasa años sobrellevando con resignación sus males, aunque abatido, sereno... Y si un día, por un refinamiento de crueldad de los carceleros, se le quita á ese resignado preso un dije, un objeto, una fruslería con la cual llegó á encariñarse... el dolor contenido se desborda y sobrevienen los extremos de la desesperación. Algo parecido le sucedió á Leocadia, cuando supo que era preciso abandonar para siempre aquella casita amada, donde había pasado con Segundo horas únicas en su existencia; aquella casita dirigida por ella, reconstruída con sus ahorros; aquella casita limpia y primorosa ayer, todo su orgullo...
Flores la oyó muchas noches llorar á gritos; pero cuando alguna vez, movida á compasión involuntaria, entró la vieja á preguntarle qué sucedía, ó si quería algo, Leocadia tapándose con la ropa solía responderle en voz sorda:—No tengo nada... mujer, déjame dormir... ¡Ni dormir me dejas!
Mostró aquellos días gran versatilidad é hizo mil planes; habló de irse á vivir á Orense, dejando la escuela y poniéndose á coser en casa; habló también de aceptar las proposiciones de Clodio Genday, que habiendo despedido á su criadita moza, no se sabe por qué, ofrecía á Leocadia tomarla de ama de llaves, con lo cual se quedaría en su propio domicilio, eliminando por supuesto á Flores. Todas estas resoluciones duraron breve tiempo, y fueron desechadas para adoptar otras no menos efímeras; y con la serie de proyectos y cambios, el tiempo se apresuraba y Leocadia se hallaría pronto sin asilo.
Un día de feria salió Leocadia á comprar diversas cosas que Flores necesitaba urgentemente: entre otras, un cedazo y una chocolatera nueva, porque la suya estaba ya inservible. El vaivén del gentío, los empujones de los vendedores, la luz clara del sol otoñal, le mareaban un tanto la cabeza, débil con las vigilias, con el poco comer y el mucho sufrir. Paróse delante del puesto en que se vendían los cedazos. Era una especie de cajón de sastre, y allí se feriaban mil baratijas, cachibaches indispensables, como molinillos, sartenes, cazos, jeringas, aparatos de petróleo, y en una esquina, dos mercancías muy solicitadas del público en aquel país, consistentes en unos papelitos color de rosa claro, y blandos como el papel de estraza, y unos polvos blancuzcos, de un blanco sospechoso, parecidos á averiada harina. Leocadia fijó sus ojos en ellos, y al punto la vendedora, creyendo que los deseaba, empezó á ponderarle sus cualidades, explicándole que los retacitos rosa, humedecidos y puestos en un plato, no dejaban mosca que allí no feneciese, y que los polvos blancos eran séneca para matar ratones, dándosela en ciertas bolitas de queso bien preparadas... Como Leocadia le pidiese tanto así de los polvos, preguntándole cuánto costaban, la mujer alardeó de generosa, y cogiendo con una espátula un buen puñado de polvitos se lo entregó envuelto en un papel, por no sé qué friolera de cuartos. Poco, en efecto, valía la droga, común en el país, donde el arsénico nativo abunda en los espatos calizos que forman una de las vertientes del Avieiro, y el ácido arsenioso, el matarratones, se vende libremente, más que en la botica, en las ferias. La maestra se guardó sus polvos, compró por deferencia media docena de papelitos rosa, y al volver á su casa, entregó puntualmente á Flores los objetos encargados.
Flores notó que después de comer se encerraba Leocadia en su dormitorio, donde la oyó hablar alto, como si rezase. Habituada á sus rarezas no lo extrañó. Terminado el rezo, la maestra salió al balcón, y estuvo un largo rato mirando los tiestos; pasó á la sala y contempló otra buena pieza el sofá, las sillas, la mesita, los lugares que recordaban su historia. En seguida la vió Flores penetrar en la cocina... La vieja aseguraba después,—¿pero en tales casos, quién renuncia á preciarse de zahorí?—que ya le llamó á ella la atención aquel modo de entrar...
—¿Tienes ahí agua fresca?
—Sí, mujer.