—Allá por Orense... el pobre... No se acostumbra.

—Ya se irá acostumbrando. Ya se ve... estaba hecho á los mimos... Vaya, Leocadia, abur. Váyase á su casa, mujer, váyase á su casa.

Don Fermín se alejó, subiéndose la bufanda hasta la nariz. Aquella mujer estaba loca: ¡pues no le había dado poco fuerte el cariño! ¡Y qué deshecha, qué acabada en meses! Las viejas aún se enamoran más que las rapazas. Él había estado prudente, muy prudente, en no contarle los planes nuevos de Segundo... ¡Era capaz de allanar la casa si tal supiese! No, silencio, silencio. En boca cerrada no entran moscas. Que lo averiguase por otro lado, por él no. Y con tan sanas ideas y honrados propósitos, Tropiezo llegó á la tertulia de Agonde, y al cabo de un cuarto de hora de sesión desembuchó la nueva. Segundo García se marchaba á América á probar fortuna. Así que sanase del todo, por supuesto... Iría á la Coruña á tomar el vapor.

Fué ocasión propicia para que la tertulia en pleno lamentase una vez más el fallecimiento de D. Victoriano Andrés de la Comba, protector y padre de todos los vilamortanos sin colocación, diputado útil y agente infatigable de la comarca... Á vivir él, no se iría seguramente un muchacho de tanto mérito, un poeta—aquella noche toda la tertulia convenía en que Segundo tenía mérito y era poeta—á cruzar los procelosos mares en busca de una posición decente... Pero desde que le faltaba D. Victoriano, Vilamorta carecía de eco en las regiones del favor y la influencia, pues el señorito de Romero, actual dueño del distrito, pertenecía á la raza de los diputados dóciles que no se imponen al Gobierno, que acuden á votar cuando se les llama, y se tasan á bajo precio, cotizándose apenas al de unos cuantos estanquillos y media docena de credenciales por legislatura... Agonde se desquitó aquella noche, espaciándose por el terreno de su conversación favorita, que era renegar del funesto influjo eufrasiano, culpable de que Vilamorta decayese y su juventud emigrase al nuevo mundo... El boticario expuso sus teorías: á él le gustaba que los diputados volviesen por el distrito: ¿de qué servían si no? Para él, el ideal del diputado era aquel famoso hombre político á quien el barbero del pueblo que representaba había pedido un destino, fundándose en que, por culpa del reparto de credenciales entre todas las personas de su posición del pueblo, no le quedaban ya parroquianos que afeitar, y se moría de hambre... En esto intervino el alcalde diciendo que él sabía de buena tinta que el señorito de Romero pensaba interesarse muy de veras por Vilamorta; lo confirmó el dulcero y algunos de los presentes, y promovióse un altercado que demostró de modo irrefragable que á diputado muerto no hay amigos, y que el nuevo representante del país tenía ya en el mismo foco de los antiguos radicales combistas sus paniaguados y devotos.


XXVIII

El Cisne ha dejado su lago natal ó mejor dicho, su charca: ha cruzado el Atlántico en alas del vapor. ¿Volverá algún día? ¿Regresará con el rostro amarillento, el hígado estropeado, con algunos miles de duros en letras, guardados en la cartera, á concluir sus días donde los empezó, así como el buque desvencijado por las tempestades viene á recibir la última carena en el astillero en que fué construído? ¿Le sorprenderá á la entrada del continente joven ese temeroso mal antillano, verdugo de los iberos que tratan de emular á Colón conquistando á América, el vómito negro? ¿Se quedará por las zonas tropicales arrastrando coche, unido en matrimonial vínculo con alguna criolla? ¿Llegará á presidir cualquiera de esas repúblicas minúsculas, donde los doctores son generales y los generales doctores? ¿Se curarán sus melancolías al salitroso beso del aura marina, al contacto de tierras vírgenes, al duro acicate de la necesidad que, empujándole á la lucha, le dirá: trabaja?

Acaso algún día narrará la historia las metamorfosis del Cisne, su odisea y sus vicisitudes; sólo que es necesario que corran los años, pues aún fué ayer, como si dijéramos, cuando salió de Vilamorta Segundo García, dejando á la maestra de escuela hecha un mar de lágrimas. Y esto de la maestra es el único cabo suelto de la crónica del Cisne que en la actualidad podemos recoger.