XXVII

¡Qué paseo el suyo por las húmedas y encharcadas márgenes del Avieiro! Iba unas veces de prisa, sin causa alguna que le obligase á acelerar su marcha, y otras, también sin motivo, se paraba, quedándose con los ojos clavados en algún objeto; pero, en realidad, no viéndolo poco ni mucho... Un remordimiento, un pesar roedor, le mordía el corazón cuando recordaba el pasado: así como al naufragar un buque cada náufrago lamenta especialmente la pérdida de un objeto que á todos prefería, así Segundo, del ayer desvanecido ya, sólo echaba de menos un instante; un instante que quisiera á toda costa revivir; el del precipicio; el momento en que pudo conseguir digna y gloriosa muerte, arrastrando consigo al abismo la noble carga de sus ilusiones, y el cuerpo de una mujer que sólo en aquel minuto inolvidable pudo amarle de veras...

¡Cobarde entonces y cobarde hoy! pensaba el poeta, llamando en su ayuda desesperadas resoluciones, y no encontrando el valor indispensable para abrazarse de una vez al agua fría y fangosa... ¡Qué horas! Borracho de dolor, se sentó en las piedras, á la orilla del río, mirando con idiota fijeza cómo las gotas de agua de lluvia, al ir cayendo en diagonal del cielo gris, hacían en el río unos círculos que trataban de prolongarse, y no lo conseguían, porque otros infinitos círculos iguales se tropezaban con ellos, y se mezclaban, y se deshacían, y se renovaban incesantemente, y volvían á nacer, y á confundirse, marcando en la sobrehaz del río unos dibujos ondulantes, muy parecidos á esa labor de la plata que llaman guilloché... No notaba siquiera el poeta que aquellas mismas gotas que sobre el Avieiro rebotaban espesas y frecuentes, descargaban también sobre su sombrero y hombros, escurrían á la frente, se introducían por el cuello, se colaban entre la ropa y la carne. Lo observó así que la demasiada frialdad le hizo estremecerse, levantarse y tomar á tardo paso el camino de su casa, donde ya todo el mundo había comido y nadie le ofreció una taza de caldo.

Á los dos ó tres días se le declaró una fiebrecilla, ligera al pronto, luego más grave. Tropiezo la calificó de gástrica y catarral; la sinceridad obliga á decir que le administró remedios no enteramente desacertados: esto de las fiebres gástricas y catarrales es para los médicos practicones una bendición de Dios, un campo glorioso donde suelen contar por victorias las jornadas; un camino trillado en que no corren riesgo de extraviarse. Por allí no se irá al desconocido polo de la ciencia, pero al menos no se va tampoco á despeñadero alguno...

Salía Tropiezo una noche de visitar á Segundo, é iba muy arrebujado en su bufanda. Á la puerta misma del abogado, de entre la sombra que proyectaba el paredón contiguo, se destacó una mujer, en pelo, vestida con una bata vieja. Lo claro de la noche permitió á don Fermín ver sus facciones, y no sin trabajo reconoció á Leocadia, tal estaba la pobre maestra de desfigurada, mudada y envejecida. Se leía en su semblante la más viva ansiedad cuando preguntó al médico:

—¿Y qué tal, don Fermín? ¿Cómo le va á Segundo?

—¡Ah! Buenas noches, Leocadia... Sabe que al pronto no me hacía yo cargo... Bien, mujer, bien; no se apure. Hoy mandé que le diesen ya un pucherito y una sopa... No valió nada la cosa: una mojadura... Pero el rapaz es algo caviloso, y le entró tal tristeza y tal abatimiento, que pensé que nunca iba á volverle el apetito... En este tiempo hay que abrigarse: tenemos un día bueno y luego, cuando menos se piensa, carga el agua y el frío otra vez... ¿Y V. cómo lo pasa? Me dijeron que tampoco andaba buena... Hay que cuidarse, mujer.

—Yo no tengo duda, don Fermín.

—Pues más vale así... ¿Noticias del rapaz?