»Yo, á pesar de todo, como tú me encargabas expresamente que se lo entregase, me propuse no volver á casa con él, y saludándola y tomando el sombrero dejé tu paquetito sobre un mueble; pero al día siguiente por la mañana ya lo tenía en casa, cerrado, lacrado, intacto...—Y yo no la arrojé al Avieiro aquel día en que nuestras bocas... ¡Estúpido de mí! En fin, acabemos...

»Ante esta conducta de la viudita, conjeturo que tú debes haber inventado todo aquello del precipicio y del balcón... me lo contarías para guasearte conmigo... ó como eres así, tan loco, soñaste que te sucedió, y confundiste el sueño con la realidad...—Hace bien en mofarse.—De todos modos, chico, si la viuda te interesaba, no pienses más en ella... Sé de fijo, por mis primas, que lo saben con certeza por su padre, que al acabarse el luto se casa con un marqués de Cameros, que tuvo distrito en Lugo...—Sí, sí... comprendido.—La cosa no va de broma: ya le están bordando, según dicen mis primas, sábanas con corona de marquesa...»

La carta fué desgarrada con más lentitud que los periódicos, en trozos más menudos, casi en polvillo de papel... Con los restos hizo Segundo una bolita, y la despidió briosamente para que se hundiese muy adentro en el charco de lodo... ¡Es el amor!... pensó, riéndose á carcajadas.

Comenzó á pasearse por la habitación, primero con cierta monótona regularidad, después con desasosiego y furia. Clara, la hermana mayor, entreabrió la puerta del cuarto.

—Dice la tía Gaspara que vengas.

—¿Á qué?

—Á comer.

Segundo tomó su sombrero, y se lanzó á la calle, dirigiéndose á las orillas del río, presa del furor que las necesidades diarias de la vida causan á los que sufren algún violento choque moral, un desengaño.