—Pues aquí los papeles no traen nada; lo que se dice nada, exclamaba el confitero.

Desde la mesa de tresillo levantaba la voz el médico, confirmando las dudas de Ramón; tampoco el médico creía que pudiese suceder sin traerlo los papeles.

—Usted se muere por decir á todo que no, replicaba Agonde. Yo estoy seguro, vamos; y me parece que estando yo seguro...

—Y yo lo mismo, afirmaba Genday. Si es preciso citar testigos, allá van: lo sé por mi propio hermano, ¿me entienden ustedes? por mi propio hermano, que se lo ha dicho Méndez de las Vides; vayan ustedes viendo si es autorizada la noticia. ¿Quieren ustedes más? Pues han encargado á Orense, para las Vides, dos butacas, una buena cama dorada, mucha vajilla y un piano. ¿Quedan ustedes convencidos?

—De todas maneras, no vendrán tan pronto, objetó Tropiezo.

—Vendrán tal. D. Victoriano quiere pasar aquí las fiestas y las vendimias; dice que le tira muchísimo el cariño del país, y que en todo el invierno no se le oyó hablar sino del viaje.

—Viene á espichar aquí, murmuró Tropiezo; oí decir que está malísimo. Se van ustedes á quedar sin jefe.

—Váyase V. á... Demonio de hombre, de mochuelo, que sólo anuncia cosas fúnebres. Cállese V. ó no suelte barbaridades. Atienda, atienda al juego como Dios manda.

Segundo miraba con indiferencia á las redomas de la botica, distraído por el vivo foco azul, verde ó carmesí que en cada una de ellas centelleaba. Ya comprendía el asunto de la conversación: la venida de D. Victoriano Andrés de la Comba, el ministro, el gran político del país, el diputado orgánico del distrito. ¿Qué le importaba á Segundo la llegada de semejante fantasmón? Y aspirando suavemente su cigarro, se abstrajo del ruido de la disputa. Después se embebió en la lectura de la Hoja de El Imparcial, donde elogiaban mucho á un poeta principiante.

Entretanto se enredaba la partida de tresillo. El boticario, situado á espaldas del alcalde, le daba consejos. Comprometido y arduo caso: un solo de estuche menor; la contra reunida toda en el estanquero y en D. Fermín: cogían en medio al hombre: posición endiablada. Era el alcalde de esos viejos sequitos, gastaditos como un ochavo, muy tímidos, que antes de hacer una jugada la piensan cien años, calculando todas las contingencias y todas las combinaciones posibles de naipes. Ya no quería él echar aquel solo ¡qué disparate! Pero el impetuoso Agonde le había impulsado, diciendo:—Vaya, lo compro.—Puesto en el disparadero, el alcalde se decidió, no sin protestar.