—Bueno, lo jugaremos... Una calaverada, señores. Para que no digan que me amarro.

Y sucedía todo lo previsto; hallábase entre dos fuegos: de un lado le fallan el rey de copas; de otro le pisan la sota de triunfo aprovechando el caballo; D. Fermín se mete en bazas sin saber cómo, mientras el estanquero, con sonrisa maliciosa, guarda su contra casi enterita. El alcalde levanta hacia Agonde los ojos suplicantes.

—¿No se lo decía yo á V.? ¡En buena nos hemos metido! Va á ser codillo, codillo cantado.

—No, hombre, no... es V. un mandria, que se apura por todo... Está V. ahí jugando con más miedo que si le apuntasen con una escopeta... ¡Arrastrar, arrastrar! Los chambones siempre se mueren de indigestión de triunfos.

Los adversarios se guiñaban el ojo malignamente.

De posita non tibit, exclamó el estanquero.

Si codillum non resultabit, corroboró D. Fermín.

Sintió el alcalde un escalofrío en el mismo bulbo capilar, y, por consejo de Agonde, resolvióse á mirar lo que iba jugado, enterándose de las bazas de los compañeros y contando los triunfos. Tropiezo y el estanquero refunfuñaron.

—¡Qué manía de levantarles las faldas á los naipes!

El alcalde, algo más sereno, determinó por fin salir de dudas, suspiró y en algunos arrastres briosos y decisivos se resolvió la jugada, quedando todos iguales, á tres bazas cada uno.