—La de los sabios, dijeron casi á un tiempo estanquero y médico.

—¿Lo ve V.? Poniéndose lo peor del mundo, no le han dado codillo; observó Agonde. Para hacer la puesta, se necesitaron requisitos...

Tenía á todos suspensos el interés palpitante de la jugada, menos á Segundo, absorto en una de las perezosas meditaciones en que el bienestar del cuerpo acrecienta la actividad de la fantasía. Llegaban á sus oídos las voces de los jugadores como lejano murmullo; él estaba á cien leguas de allí: pensaba en el artículo del periódico, del cual se le habían quedado grabadas en la memoria ciertas frases especialmente encomiásticas, hisopazos de miel con que el crítico disimulaba los defectos del poeta elogiado. ¿Cuándo le llegaría su turno de ser juzgado por la prensa madrileña? Sábelo Dios... Prestó atención á lo que se hablaba.

—Hay que darle siquiera una serenata, declaraba Genday.

—¡Hombre... una serenata! respondió Agonde: ¡gran cosa! Algo más que serenata: hay que armar cualquier estrépito por la calle; una especie de manifestación, que pruebe que aquí el pueblo es suyo... Habrá que nombrar una comisión, y recibirle con mucho cohete, y la música á todas horas... Que rabien esos cazurros de doña Eufrasia.

El nombre de la otra botica produjo una explosión de bromas, chistes y pateaduras. Hubo comentarios.

—¿No saben ustedes? interrogó el socarrón de Tropiezo. Parece que á doña Eufrasia le ha escrito Nocedal una carta muy fina, diciéndole que él representa á D. Carlos en Madrid y que ella por sus méritos debe representarle en Vilamorta.

Carcajadas homéricas, algazara general. Habla Genday el escribano.

—Bueno, eso será mentira; pero es verdad, una verdad como un templo, que doña Eufrasia le remitió á D. Carlos su retrato con dedicatoria.

—¿Y la partida? ¿Señalaron el día en que ha de levantarse?