—¡Vaya! Dice que la mandará el abad de Lubrego.
Se duplicó el regocijo de la tertulia, porque el abad de Lubrego frisaba en los setenta y se hallaba tan acabadito, que á duras penas podía tenerse sobre la mula. Entró en la botica un chiquillo, columpiando un frasco de cristal.
—¡D. Saturnino! chilló con voz atiplada.
—Á ver, hombre; contestó el boticario remedándole.
—Déme á lo que esto huele.
—Quedamos enterados... murmuró Agonde arrimando el frasco á la nariz. ¿Á qué huele, don Fermín?
—Hombre... es así como... láudano, ¿eh? ó árnica.
—Vaya el árnica, que es menos peligrosa. Dios te la depare buena.
—Son horas de recogerse, señores, avisó el abogado García consultando su cebolla de plata. Genday se levantó también, y le imitó Segundo.
Los tresillistas se enfrascaron en hacer cuentas y liquidar las ganancias céntimo por céntimo, escogiendo fichas blancas y fichas amarillas. Al pisar la calle recibíase grata impresión de frescura; estaba la noche entre clara y serena; los astros despedían luz cariñosa, y Segundo, en quien era inmediata la percepción de la poesía exterior, sintió impulsos de plantar á su padre y tío, y marcharse carretera adelante, solo como de costumbre, á gozar tan apacible noche. Pero su tío Genday se le colgó del brazo.