—Rapaz, estás de enhorabuena.

—¿De enhorabuena, tío?

—¿Tú no rabias por salir de aquí? ¿Tú no quieres volar á otra parte? ¿Tú no le tienes tirria al bufete?

—Hombre, intervino el abogado; él que ya es loco y tú que le revuelves la cabeza más...

—¡Calla, tonto! D. Victoriano viene, le presentamos al chico y le pedimos la colocación... Y la ha de dar buena, que aunque él se figure otra cosa, si no nos complace, le costará la torta un pan... No está el distrito como él piensa, y si los que le sostenemos nos acostamos, se la juegan de puño los curas.

—¿Y Primo? ¿Y Méndez de las Vides?

—No pueden con ellos... El día menos pensado les dan un desaire, me los dejan en una vergüenza... Pero tú, muchacho... Míralo bien: ¿no te lleva afición por la abogacía?

Segundo se encogió de hombros, sonriendo.

—Pues discurre... así, á ver que te convendría más... Porque algo has de ser; en alguna parte has de meter la cabeza. ¿Te gustaría un juzgado de entrada? ¿Un destino en el ramo de correos? ¿En alguna oficina?

Estaban dando la vuelta á la plazoleta para acercarse á casa de García, y al pasar por delante del balcón de Leocadia, el aroma de los claveles penetró hasta el cerebro de Segundo. Experimentó una reacción poética, y dilatando las fosas nasales para recoger la fragancia, exclamó: