—Ninguno... ¡así me muriese de hambre!
Abrióse la puerta del abogado: la vieja tía Gaspara, en refajos, hecha un vestiglo, salió á abrir; traía un pañuelo de algodón tan encima del rostro, que no se le distinguían las hurañas facciones. Segundo retrocedió ante aquella imagen de la vida doméstica.
—¿No entras? interrogó su padre.
—Voy con el tío Genday.
—¿Vuelves pronto?
—En seguida.
Tomó plazoleta abajo y explicó sus proyectos á Genday. Éste, chiquitín y fosfórico de genio, se agitaba como una lagartija, aprobando. No le desagradaban á él las ideas de su sobrino. Su cabeza activa y organizadora, de agente electoral y escribano mañero, admitía mejor los planes vastos que la cabeza metódica del abogado García. Quedaron tío y sobrino muy conformes en el modo de beneficiar el influjo de don Victoriano. Charlando así, llegaron á casa de Genday, y la criada de éste, mocita guapa, le abrió la puerta con toda la zalamería de una fámula de solterón incorregible. En vez de volverse á su domicilio, Segundo, preocupado y excitado, bajó á la carretera, se detuvo en el primer soto de castaños, y sentándose al pie de una cruz de madera que allí dejaran los jesuítas durante la última misión, se entregó al pasatiempo inofensivo de contemplar los luceros, las constelaciones y todas las magnificencias siderales.