—Hola, hola... ¿Á dónde se va tan de mañana?
—Á Doas, hombre... Me hace falta todo el tiempo. Y al afirmarlo, el médico se apeaba, atando su montura á una argolla incrustada en la pared.
—¿Es tan apurada la cosa?
—¡Tssss! La vieja, la abuela de Ramón el dulcero... Si dice que ya está sacramentadiña.
—¿Y le mandan el recado ahora?
—No; si ya fuí anteayer... y le puse dos docenas de sanguijuelas que sangraron á tutiplén... Parecía un cabrito... Quedó muy débil, hecha una oblea... Puede que si en vez de sanguijuelas le doy otra cosa que pensaba...
—Vamos, un tropiezo, interrumpió Agonde maliciosamente.
—En la vida todos son tropiezos... repuso el médico encogiéndose de hombros. ¿Y por arriba? añadió mirando al techo.
—Como príncipes... roncando.
—¿Y... él... qué tal? silabeó D. Fermín bajando la voz.