—¿Él? pronunció Agonde imitándole... Así... así... ¡algo viejo! Con mucho pelo blanco...

—Pero, ¿luego qué tiene, vamos á ver? Porque estar, está enfermo.

—Tiene... una enfermedad nueva, muy rara, de las de última moda... Y Agonde sonreía picarescamente.

—¿Nueva?

Agonde entornó los ojos, pegó la boca al oído de Tropiezo y articuló dos palabras, un verbo y un sustantivo.

—... azúcar.

Soltó Tropiezo fuerte risotada; de pronto se quedó muy serio y se frotó repetidas veces la nariz con el dedo índice.

—Ya sé, ya sé, declaró enfáticamente... Hace poco que leí de eso... Se llama... aguarde, hom... di... diabetes sacarina, que viene de sácaro, azúcar... y de... ¡Justamente las aguas de aquí y otras de Francia son las únicas para curar ese mal! Si bebe unos vasitos de la fuente, tenemos hombre.

Emitía Tropiezo su dictamen apoyándose en el mostrador, sin acordarse ya de la mulita, que pateaba á la puerta. Guiñando un ojo, preguntó de repente:

—Y la señora ¿qué dice del mal del marido?