—¡Qué ha de decir, hombre! No sabrá que es de cuidado.

Una mueca de indescriptible y grosera burla metamorfoseó la cara inexpresiva del médico; miró á Agonde, y ahogando otra explosión de risa, dijo:

—La señora... ¡Si que la señora no lo sabrá! ¿Usted leyó los síntomas del mal? Pues justamente...

—¡Chsst! atajó furioso el boticario. Toda la familia Comba hacía irrupción en la botica por el postigo del portal. Madre é hija formaban lindo grupo, ambas de enormes pamelas de paja tosca, adornadas con un lazo colosal de lanilla color fuego; sus trajes de tela cruda, bordados con trencilla roja, completaban lo campestre del atavío, semejante á un ramillete de amapolas y heno. Colgábale á la niña su rica mata de pelo oscuro, y á la madre se le embrollaban las crenchas rubias bajo la sombra del ala del sombrerón. No llevaba Nieves guantes, ni en su tez se veían rastros de polvos de arroz, ni de otros artificios de tocador, imputados injustamente por las provincianas á las madrileñas: al contrario, se notaban en las rosadas orejas y cuello señales de enérgico lavatorio y fricciones de tohalla. En cuanto á D. Victoriano, la luz matinal revelaba mejor la devastación de su semblante. No estaba, conforme al dicho de Agonde, viejo: lo que allí se advertía era la virilidad; pero atormentada, exhausta, herida de muerte.

—¡Jesús, María! ¿Ustedes han tomado chocolate? preguntaba Agonde confuso.

—No, amigo Saturnino... ni lo tomamos, con permiso de V., hasta volver... No pase V. cuidado por nosotros... Victorina le ha saqueado á V. la alacena... el aparador...

Entreabrió la niña un pañuelo que llevaba atado por las cuatro puntas, descubriendo una hacina de pan, bizcocho y queso del país.

—Al menos les bajaré un queso entero... Iré á ver si hay pan fresco, de ahora mismito...

No quería D. Victoriano; por Dios, que no le quitasen el gusto de irse á desayunar á la alameda de las aguas, igual que de muchacho. Agonde observó que no eran sanos para él tales alimentos; y al oírlo Tropiezo, se rascó una oreja y murmuró con excéptico tono:

—Bah, bah, bah... Le son cosas de ahora, novedades... Lo sano para el cuerpo ¿se hacen de cargo? es lo que el cuerpo pide y reclama... Si al señor le apetece el pan... Y para su enfermedad, señor D. Victoriano, ya no hay como estas aguas. No sé á qué va la gente á dar cuartos á los franchutes cuando aquí tenemos cosas mejores.