—Á mí, nada... Pero es alegre.

—Verás, verás.

Los viajeros salían ya y comenzó á disponerse la cabalgata. Las señoras se afianzaron en sus jamúas y los hombres se asentaron en los estribos. Entonces se representó el drama anunciado por el estanquero, con grave escándalo y mayor retraso de la comitiva. No bien hubo olfateado el jaco del alguacil una hembra de su raza, empezó á sorber el aire todo descompuesto, exhalando apasionados relinchos. Don Victoriano recogía las bridas, pero el rijoso animal ni aun sentía el hierro en la boca, y encabritándose primero y disparando después valientes coces y revolviendo por último la cabeza para morder el muslo del jinete, hizo tanto, que D. Victoriano, algo descolorido, tuvo por prudente apearse. Agonde, furioso, se bajó también.

—¿Pero qué condenado de caballo es ese? gritó. Á ver, pedazos de brutos... ¿Quién os manda traer el caballo del alguacil? ¡Parece que no sabéis que es una fiera! Usted... Alcalde... ó usted, García... pronto... la mula de Requinto, que está á dos pasos... Señor D. Victoriano, lleve usted mi yegua... Y ese tigre, á la cuadra con él.

—No, le objetó Segundo... Yo lo montaré, ya que está ensillado. Iré hasta el crucero.

Dicho y hecho: Segundo, provisto de una vara fuerte, cogió al jaco por las crines de la cerviz y de un salto estuvo en la silla. En vez de apoyarse en el estribo, apretó los muslos, mientras sacudía una lluvia de tremendos varazos en la cabeza del animal. Este, que ya se iba á la empinada, soltó un relincho de dolor y bajó los humos, quedándose quieto, trémulo y domado. La cabalgata se puso en movimiento así que llegó la mula de Requinto, no sin previos apretones de mano, sombreradas y hasta un ¡viva! vergonzante, salido no sé de dónde. Tomó el cortejo carretera adelante, abriendo la marcha la yegua y mulas y quedándose atrás las borricas, á cuyo lado iba, honesto á puras vareadas, el jaco. Ya declinaba el sol dorando el polvo de la carretera, prolongaban su sombra los castaños, y subía de la encañada un airecillo regalado, portador de la humedad del río.

Segundo callaba. Victorina, contentísima de ir á lomos de borrico, sonreía, pugnando en balde por tapar con el vestido las rótulas puntiagudas, que la tablilla del aparejo le obligaba á subir y descubrir. Nieves, reclinada en la jamúa, sostenía su sombrilla de encaje crudo con transparente rosa, y al comenzar á andar sacó del pecho un reloj sumamente chiquito y miró la hora que era. Momentos embarazosos. Por fin Segundo comprendió la necesidad de decir algo.

—¿Qué tal, Victorina? ¿Vamos bien?

Ruborizóse la niña extraordinariamente, como si le preguntasen cosas muy reservadas é íntimas, y dijo en ahogada voz:

—Sí, muy bien.