—¿Á que prefería usted ir en mi caballo? Si no tiene usted miedo la llevo delante.
La niña, que ya no podía estar más sofocada, bajó los ojos sin contestar, pero la madre, con graciosa sonrisa, terció en el diálogo.
—Y diga usted, García, ¿por qué no tutea usted á la chiquilla? La trata usted con un respeto... Va á figurarse que está ya de largo.
—Sin su permiso no me atreveré yo á tutearla.
—Anda, Victorina, dale permiso á este caballero...
Encerróse la niña en el invencible mutismo de las adolescentes, en quienes la sensibilidad exquisita y temprana produce una timidez extremadamente penosa. Sus labios sonreían, y sus ojos, al mismo tiempo, se arrasaron en lágrimas. Mademoiselle le dijo no sé qué en francés, con gran suavidad, y entretanto Nieves y Segundo, riéndose confidencialmente del episodio, tuvieron expeditos los caminos de la conversación.
—¿Á qué hora le parece á V. que llegaremos á las Vides?... ¿Es bonito aquello?... ¿Estaremos bien allí?... ¿Cómo le sentará á Victoriano?... ¿Qué vida haremos?... ¿Vendrá gente á vernos?... ¿Hay jardín?...
—Las Vides es un sitio precioso, declaró Segundo... Un sitio que tiene aspecto de antigüedad, un aire así... señorial. Me gusta la piedra de armas, y una parra magnífica, que cubre el patio de entrada, y las camelias y limoneros de la huerta, que tienen porte de medianos castaños y la vista del río, y sobre todo un pinar que habla y hasta canta..., no se ría V.... canta, sí señora, mejor que la mayor parte de los cantantes de oficio. ¿No lo cree V.? Pues ya lo verá.
Nieves miró con gran curiosidad al mancebo, y después fingió mirar á otra parte, acordándose de la rápida y nerviosa presión de mano advertida la víspera, al bajarse del carruaje. Por segunda vez en el espacio de breves horas, aquel muchacho la sorprendía. Nieves llevaba en Madrid una vida sumamente correcta, mesocrática, sin ningún incidente que no fuese vulgar. Á misa y á tiendas por la mañana; por la tarde al Retiro ó á visitas; de noche, á casa de sus padres, ó al teatro con su marido: por extraordinario, algún baile ó cena en casa de los duques de Puenteancha, clientes de D. Victoriano. Cuando éste obtuvo la cartera, exhibió poco á su mujer. Nieves recogió unos cuantos saludos más en el Retiro, en las tiendas los dependientes se manifestaron más obsequiosos; la duquesa de Puenteancha la hizo recomendaciones llamándola monísima, y á esto se redujeron para Nieves los placeres del ministerio. La venida á Vilamorta, al país pintoresco del cual tanto le había hablado su padre, fué un incidente nuevo en su existencia acompasada. Segundo le parecía un detalle original del viaje. La miraba y hablaba de un modo tan desusado... Bah, aprensiones. Entre aquel chico y ella, nada había de común. Una relación superficial, como doscientas que se encuentra uno á cada paso por ahí... ¿Conque los pinos cantaban, eh? ¡Mal año para Gayarre! Y Nieves se rió afablemente, disimulando sus raros pensamientos, y continuó haciendo preguntas, á que respondía Segundo con expresivas frases. Acercábase la noche. De pronto la cabalgata, dejando el camino real, torció por una senda abierta entre pinares y montes. Al revolver de la vereda, apareció el crucero de piedra oscura, romántico, con sus gradas que convidaban á rezar ó á soñar sentimentales desvaríos. Agonde se paró allí, despidiéndose de la comitiva, y Segundo le imitó.
Conforme iba perdiéndose el repiqueteo de los cascabeles de las borriquillas, notó Segundo una inexplicable impresión de soledad y abandono, cual si de él se alejasen para siempre personas muy queridas ó que desempeñaban en su vida importantísimo papel. ¡Valiente necio! se dijo á sí mismo el poeta. ¿Qué tengo yo que ver con esta gente, ni ella conmigo? Nieves me ha convidado á ir á las Vides á pasar unos días en familia... ¡En familia! Cuando Nieves vuelva á Madrid este invierno, dirá de mí:—Aquel chico del abogado, que conocimos en Vilamorta...—¿Quién soy yo, qué puesto ocuparía en la casa? Enteramente secundario. ¡El de un muchacho á quien halagan porque su padre dispone de votos...!