VII
Al paso que distribuía la tarea á las niñas, diciendo á una: «Ese dobladillito bien derecho;» y á otra: «El pespunte más igual, la puntada más menuda;» y á ésta: «No hay que sonarse al vestido, sino al pañuelo;» y á la de más allá: «No patees, mujer, estate quietecita;» Leocadia volvía de tiempo en tiempo los ojos hacia la plazuela, por si á Segundo le daban ganas de pasar. Ni rastro de Segundo. Las moscas, zumbando, se posaron en el techo para dormir; el calor se aplacó; vino la tarde, y se marcharon las chiquillas. Sintió Leocadia profunda tristeza, y sin cuidarse de arreglar la habitación se fué á su alcoba, y se tendió sobre la cama.
Empujaron suavemente la vidriera, y entró una persona que pisaba muy blandito.
—Mamá, dijo en voz baja.
La maestra no contestó.
—Mamá, mamá, repitió con más fuerza el jorobado. ¡¡Mamá!! gritó por último.
—¿Eres tú? ¿Qué te se ofrece?
—¿Estás enferma?