—No, hombre.
—Como te acostaste...
—Tengo así un poco de jaqueca... Déjame en paz.
Dió media vuelta Minguitos, y se dirigió hacia la puerta silenciosamente. Al ver la prominencia de su espinazo arqueado, sintió la maestra una punzada en el corazón. ¡Aquel arco le había costado á ella tantas lágrimas en otro tiempo! Se incorporó sobre un codo.
—¡Minguitos!
—¿Mamá?
—No te marches... ¿Qué tal estás hoy? ¿Te duele algo?
—Estoy regular, mamá... Sólo me duele el pecho.
—¿Á ver... acércate aquí?
Leocadia se sentó en la cama y cogió con ambas manos la cabeza del niño, mirándole á la cara con el mirar hambriento de las madres. Tenía Minguitos la fisonomía prolongada, melancólica; la mandíbula inferior, muy saliente, armonizaba con el carácter de desviación y tortura que se notaba en el resto del cuerpo, semejante á un edificio cuarteado, deshecho por el terremoto; á un árbol torcido por el huracán. No era congénita la joroba de Minguitos: nació delicado, eso sí, y siempre se notó que le pesaba el cráneo y le sostenían mal sus endebles piernecillas... Leocadia iba recordando uno por uno los detalles de la niñez... Á los cinco años el chico dió una caída, rodando las escaleras; desde aquel día perdió la viveza toda; andaba poco y no corría nunca; se aficionó á sentarse á lo moro, jugando á las chinas horas enteras. Si se levantaba, las piernas le decían al punto: párate. Cuando estaba en pie sus ademanes eran vacilantes y torpes. Quieto, no notaba dolores, pero los movimientos de torsión le ocasionaban ligeras raquialgias. Andando el tiempo creció la molestia: el niño se quejaba de que tenía como un cinturón ó aro de hierro que le apretaba el pecho; entonces la madre, asustada ya, le consultó con un médico de fama, el mejor de Orense. Le recetaron fricciones de yodo, mucho fosfato de cal y baños de mar. Leocadia corrió con él á un puertecillo... Á los dos ó tres baños, el mal se agravó: el niño no podía doblarse, la columna estaba rígida, y sólo en posición horizontal resistía el enfermo los ya agudos dolores. De estar acostado se llagó su epidermis; y una mañana en que Leocadia, llorosa, le suplicaba que se enderezase y trataba de incorporarle suspendiéndole por los sobacos, exhaló un horrible grito.