—¡Me he partido, mamá! ¡Me he partido! repetía angustiosamente, mientras las manos trémulas de la madre recorrían su cuerpo, buscando la pupa.
¡Era cierto! ¡Habíase levantado el espinazo, formando un ángulo á la altura de los omoplatos; las vértebras reblandecidas se deprimían, y la cifósis, la joroba, la marca indeleble de eterna desventura, afeaba ya aquel pedazo de las entrañas de Leocadia! La maestra había tenido un momento de dolor animal y sublime, el dolor de la fiera que ve mutilado á su cachorro. Había llorado con alaridos, maldiciendo al médico, maldiciéndose á sí propia, mesándose el cabello y arañándose el rostro. Después corrieron las lágrimas, vinieron los besos delirantes, pero calmantes y dulces, y el cariño tomó forma resignada. En nueve años no hizo Leocadia más que cuidar á su jorobadito noche y día, abrigándole con su ternura, distrayendo con ingeniosas invenciones los ocios de su niñez sedentaria. Acudían á la memoria de Leocadia mil detalles. El niño padecía pertinaces disneas, debidas á la presión de las hundidas vértebras sobre los órganos respiratorios, y la madre se levantaba descalza á las altas horas de la noche, para oír si respiraba bien y alzarle las almohadas... Al evocar estos recuerdos sintió Leocadia reblandecérsele el alma y agitarse en el fondo de ella algo como los restos de un gran amor, cenizas tibias de un fuego inmenso, y experimentó la reacción instintiva de la maternidad, el impulso irresistible que hace á las madres ver únicamente en el hijo ya adulto, el niño que lactaron y protegieron, al cual darían su sangre si les faltase leche. Y exhalando un chillido de pasión, pegando su boca febril de enamorada á las pálidas sienes del jorobadito, exclamó lo mismo que en otros días, acudiendo al dialecto como á un arrullo:
—¡Malpocadiño! ¿Quién te quiere?... dí, ¿quién te quiere mucho? ¿Quién?
—Tú no me quieres, mamá. Tú no me quieres, articulaba él, semi-risueño, reclinando la cabeza con deleite en aquel seno y hombros que cobijaron su triste infancia. La madre, entretanto, le besaba locamente el pelo, el cuello, los ojos—como recuperando el tiempo perdido,—prodigándole las palabras de azúcar con que se emboban los niños de pecho, palabras profanadas en horas de pasión, que ahora volvían al puro cauce maternal.
—Rico... tesoro... rey... mi gloria...
Por fin sintió el jorobado caer una lágrima sobre su cutis. ¡Delicioso refresco! Al principio la gota de llanto, redonda y gruesa, quemaba casi; pero fué esparciéndose, evaporándose, y quedó sólo en el lugar que bañaba una grata frescura. Frases vehementes se atropellaban en los labios de la madre y del hijo.
—¿Me quieres mucho, mucho, mucho? ¿Lo mismo que toda la vida?
—Lo mismo, vidiña, tesoro.
—¿Me has de querer siempre?
—Siempre, siempre, rico.