—¿Me has de dar un gusto, mamá? Yo te quería pedir...

—¿Qué?

—Un favor... ¡No me apartes la cara!

El jorobado notó que el cuerpo de su madre se ponía de repente inflexible y rígido, como si le hubiesen introducido un ástil de hierro. Dejó de advertir el dulce calor de los párpados humedecidos y el cosquilleo de las mojadas pestañas. Con voz algo metálica preguntó Leocadia á su hijo:

—¿Y qué quieres, vamos á ver?

Minguitos murmuró sin encono, resignado ya:

—Nada, mamá, nada... Si fué de risa.

—Pero entonces, ¿por qué lo decías?

—Por nada. Por nada, á fe.

—No, tú por algo lo decías, insistió la maestra, agarrándose al pretexto para enojarse. Sino que eres muy disimulado y muy zorro. Todo te lo guardas en el bolsillito, muy guardado. Esas son lecciones de Flores: ¿piensas tú que no me hago de cargo?