Hablando así, rechazó al niño y saltó de la cama. Oyóse en el corredor, casi al mismo tiempo, un taconeo firme de persona joven. Leocadia se estremeció, y tartamudeando:

—Anda, anda junto á Flores... ordenó á Minguitos. Á mí déjame, que no estoy buena, y me aturdes más.

Venía Segundo un tanto encapotado, y después del júbilo de verle, se apoderó de Leocadia el afán de despejar las nubes de su cara. Primero se revistió de paciencia y aguardó. Después, echándole los brazos al cuello, formuló una queja: ¿dónde había estado metido? ¿cómo había tardado tanto en venir? El poeta desahogó su mal humor: vamos, era cosa insufrible andar en el séquito de un personaje. Y dejándose llevar del gusto de hablar de lo que ocupaba su imaginación, describió á D. Victoriano, á los radicales, satirizó la recepción y el hospedaje de Agonde, explicó las esperanzas que fundaba en la protección del ex-ministro, y motivó con ellas la necesidad de hacer á D. Victoriano la corte. Leocadia clavó en el rostro de Segundo su mirada canina.

—¿Y qué tal... la señora... y la niña? ¿Dice que son muy guapas?

Segundo entornó los ojos para ver mejor dentro de sí una imagen atractiva, encantadora, y reflexionar que en la existencia de Nieves él no desempeñaba papel alguno, siendo necedad manifiesta pensar en la señora de Comba, que no se acordaba de él. Esta idea, harto natural y sencilla, le sacó de tino. Sintió la punzante nostalgia de lo inaccesible, ese deseo insensato y desenfrenado que infunde á un soñador, en los museos, un retrato de mujer hermosa, muerta hace siglos.

—Pero dí... ¿son tan bonitas esas señoras? continuaba preguntando la maestra.

—La madre, sí... contestó Segundo, hablando con la sinceridad indiferente del que domina á su auditorio.—Tiene un pelo rubio ceniza, y unos ojos azules, de un azul claro, que recuerdan los versos de Becquer... Y empezó á recitar:

· · · · · · · · · · · · · · ·

Tu pupila es azul, y cuando ríes

su claridad suave me recuerda...