Leocadia le escuchaba, al principio, con los ojos bajos; después, con el rostro vuelto hacia otra parte. Así que terminó la poesía, dijo en alterada voz, fingiendo serenidad:
—Te convidarían á ir allá.
—¿Á dónde?
—Á las Vides, hombre. Dice que quieren tener gente para divertirse.
—Sí, me han convidado, instándome mucho... No iré. Se empeña el tío Clodio en que debo intimar con D. Victoriano, para que me dé luego la mano en Madrid y me abra camino... Pero hija, ir á hacer un triste papel, no me gusta. Este traje es el mejor que tengo, y es del año pasado. Si se juega al tresillo, ó hay que dar propinas al servicio... Y á mi padre no se le convence de eso... ni lo intentaré, líbreme Dios. De modo que no me verán el pelo en las Vides.
Al informarse de estos planes, el rostro de Leocadia se despejó, y levantándose radiante de satisfacción, la maestra corrió á la cocina. Flores, á la luz de un candil, fregaba platos y tacillas, con airados choques de loza y coléricas fricciones de estropajo.
—Esa máquina del café, ¿la limpiaste?
—Ahora, ahora... responseó la vieja. No parece sino que es uno de palo, que no se ha de cansar... que lo ha de hacer por el aire todo...
—Daca, yo la limpiaré... Pon tú más leña, que ese fuego se está apagando y van á salir mal los bistés... Y diciendo y haciendo, Leocadia frotaba la maquinilla, desobstruía con una aguja de calceta el filtro, ponía á hervir en un puchero nuevo agua fresca, y cebaba la lumbre.
—¡Echa, echa leña! bufaba Flores. ¡Como la dan de balde!