No le hizo caso Leocadia, ocupada en cortar ruedecitas finas de patata para los bistés. Preparado ya lo que juzgó necesario, se lavó las manos de prisa y mal en la tinaja del vertedero, llena de agua sucia, irisada con grandes placas de crasitud. Corrió á la sala donde aguardaba Segundo, y no tardó Flores en traerles la cena, que despacharon sobre el velador. Hacia el café, Segundo fué mostrándose algo más comunicativo. Era aquel café el triunfo de Leocadia. Había comprado un juego de porcelana inglesa, un bote de imitación de laca, unas tenacillas de vermeil, dos cucharillas de plata, y servía siempre con el café una licorera surtida de cumen, ron y anisete. Gozaba viendo á Segundo servirse dos tazas seguidas de café y paladear los licores. Á la tercer copa de cumen, viendo al poeta afable y propicio, Leocadia le pasó el brazo alrededor del cuello. Retrocedió él bruscamente, notando con viva repulsión el olor á guisos y á perejil que impregnaba las ropas de la maestra.
Sucedía esto al punto mismo en que Minguitos dejaba caer al suelo los zapatos, y suspiraba, cubriéndose con la colcha. Flores, sentada en una sillita baja, empezaba á rezar el rosario. Necesitaba el enfermo, para dormirse, el maquinal arrullo de la voz cascajosa que le traía de la mano el sueño, desde que le faltaba á la hora de acostarse la compañía de su mamá. Las Avemarías y Gloria Patris, mascullados mejor que pronunciados, iban poco á poco embotándole el pensamiento, y al llegar á la letanía entrábale el sopor, y, medio traspuesto, á duras penas contestaba á las atroces barbaridades de la vieja:
—Juana celi... Ora pro nobis... Sal-es-enfirmó-run... nobis... Refajos-pecadórun... bis... Consólate flitórun... sss...
El niño respondía tan sólo con la respiración que pasaba desigual, intranquila, fatigosa, por entre sus dormidos labios... Flores apagaba despacito el velón de cuerda, descalzábase para no hacer ruido, y se retiraba pasito á pasito, apoyándose en la pared del comedor. Desde que Minguitos descansaba, no se oían estrépitos de loza en la cocina.
VIII
Hasta muy tarde no sopló el Cisne la palmatoria de latón donde la económica tía Gaspara le colocaba, siempre á regañadientes, una vela de sebo. Sentado á la exigua mesa, entre los revueltos libros, tenía delante un pliego de papel, medio cubierto ya de renglones desiguales, jaspeado de borrones y tachaduras, con montículos de arenilla y algún garrapato á trechos. Segundo no pegaría los ojos en toda la noche si no escribiese la poesía que desde el crucero le correteaba por la cabeza adelante. Sólo que, antes de coger la pluma, parecíale llevar la inspiración allí, perfecta y cabal, de suerte que con dar vuelta á la espita, brotaría á chorros: y así que oprimieron sus dedos la pluma dichosa, los versos, en vez de salir con ímpetu, se escondían, se evaporaban. Algunas estrofas caían sobre el papel redondas, fáciles, remataditas por consonantes armoniosos y oportunos, con cierta sonoridad y dulzura muy deleitable para el mismo autor, que temeroso de perderlas, escribíalas al vuelo, en letra desigual; mas de otras se le ocurrían únicamente los dos primeros renglones y acaso el final, rotundo, de gran efecto, y faltaba la rima tercera, era indispensable cazarla, llenar aquel hueco, ingerir el ripio. Deteníase el poeta, mirando al techo y buscando con los dientes un cabo del bigote para morderlo, y entonces la ociosa pluma trazaba, obedeciendo á automáticos impulsos de la mano, un sombrero tricornio, un cometa, ó cualquier mamarracho por el estilo... Borradas á veces siete ú ocho rimas, se resignaba al fin con la novena, ni mejor ni peor que las anteriores. Acontecía también que una sílaba importuna estropeaba un verso, y échese usted á buscar otro adverbio, otro adjetivo, porque si no... ¿Y los acentos? Si el poeta gozase del privilegio de decir, v. gr., mi córazon en vez de mi corazón, ¡sería tan cómodo rimar!
¡Malditas dificultades técnicas! El estro alentaba y ardía, á modo de fuego sagrado, en la mente de Segundo; pero en tratándose de que apareciese allí, patente, sobre las hojas de papel... Que apareciese expresando cuanto sentía el poeta, condensando un mundo de sueños, una nebulosa psíquica... ¡Ahí es nada! ¡Obtener la difícil conjunción de la forma y la idea, prender el sentimiento con los eslabones de oro del ritmo! ¡Ah, qué cadena tan leve y florida en apariencia y tan dura de forjar en realidad! ¡Cómo engaña la ingenua soltura, la fácil armonía del maestro! ¡Qué hacedero parece decir cosas sencillas, íntimas, narrar quimeras de la fantasía y del corazón en metro suelto y desceñido, y cuán imposible es, sin embargo, para quien no se llama Becquer, prestar al verso esas alitas palpitantes, diáfanas y azules con que vuela la mariposa becqueriana!