—Si viene por más anisete, acuérdese de las tres botellas que tiene sin pagar.

—Ahora mismo las pago, respondió la maestra, sacando del bolsillo un puñado de duros.

—No, mujer, calle por Dios... ¿qué prisa corre? murmuró avergonzado el dulcero.

—Cobre, Ramón, ande ya... Si justamente vengo á eso, hombre.

—Si se empeña... Maldito el apuro que tenía.

Marchóse Leocadia corriendo. ¡No acordarse de la confitera! ¿Quién le pedía nada á Ramón delante de aquella tigre celosa, que chiquita y débil como era, acostumbraba solfear al hercúleo marido? Á ver si Cansín...

El pañero vendía, rodeado de paisanas, una de las cuales se empeñaba en que una lanilla era algodón, y la restregaba para probarlo. Cansín, por su parte, la frotaba con fines diametralmente opuestos.

—Mujer, qué ha de ser algodón, qué ha de ser algodón, repetía con su agria vocecilla, acercando, pegando la tela á la cara de la compradora. Parecía tan amostazado Cansín, que Leocadia no se atrevió á llamarle. Pasó de largo y aceleró el andar. Pensaba en su otro pretendiente, el tabernero... Mas de pronto recordó con repugnancia sus gruesos labios, sus carrillos que chorreaban sangre... Y dando vueltas á cuantos expedientes podían sacarla del conflicto, le ocurrió una idea. La rechazó, la pesó, la admitió... Á paso de carga se dirigió al domicilio del abogado García.

Al primer aldabonazo abrió la tía Gaspara. ¡Qué significativo fruncimiento de cejas y labios! ¡Qué repliegue general de arrugas! Leocadia, cortada y muerta de vergüenza, se mantenía en el umbral. La vieja, parecida á un vigilante perro, interceptaba la puerta, próxima á ladrar ó morder al menor peligro.

—¿Qué quería? gruñó.