—Hablar con D. Justo. ¿Se puede? interrogó humildemente la maestra.

—No sé... veremos...

Y el vestiglo, sin más ceremonias, dió á Leocadia con la puerta en las narices. Leocadia aguardó. Al cabo de diez minutos un bronco acento le decía:

—Venga.

El corazón de la maestra bailó como si tuviese azogue. ¡Atravesar la casa en que había nacido Segundo! Era lóbrega y destartalada, fría y desnuda, según son las moradas de los avarientos, donde los muebles no se renuevan jamás y se apuran hasta la suma vetustez. Al cruzar un corredor vió Leocadia al través de una entornada puertecilla alguna ropa de Segundo, colgada de una percha, y la reconoció, no sin cosquilleo en el alma. Al final del corredor tenía su despacho el abogado; pieza mugrienta, sobada, atestada de papelotes y libros tediosos y polvorientos por dentro y fuera. La tía Gaspara se zafó, mientras el abogado recibía á la maestra de pie, en desconfiada y hostil actitud, preguntando con el severo tono de un juez:

—¿Y qué se le ocurre á V., señora doña Leocadia?

Fórmula exterior relacionada con otra interior:

—¡Á que la bribona de la maestra viene á decirme que se casa con el loco del rapaz y que los mantenga yo!

Leocadia fijó sus ojos abatidos en García, buscando en sus facciones secas y curtidas los rasgos de un amado semblante. Sí que se parecía á Segundo, salvo la expresión, muy diferente, cauta y recelosa en el padre, cuanto era soñadora y concentrada en el hijo.

—Señor D. Justo... balbució la maestra. Yo siento molestarle... Le suplico no extrañe este paso... porque me aseguraron que V.... señor, yo necesito un préstamo...