—¡Dinero! rugió el abogado apretando los puños. ¡Me pide V. dinero!

—Sí, señor, sobre unos bienes...

—¡Ah! (transición en el abogado, que todo se aflojó y flexibilizó). Pero ¡qué tonto soy! Entre V., entre V., doña Leocadia, y tome asiento... ¿Eh? ¿Está V. bien? Pues... cualquiera tiene un apuro... ¿Y qué bienes son? Hablando se entienden las gentes, mi señora... ¿Por casualidad la viña de la Junqueira y la otra pequeñita del Adro...? Estos años dan poco...

Debatieron el punto y se firmó la obliga ó pagaré. La tía Gaspara, inquieta, con paso de fantasma, rondaba por el corredor. Cuando salió su hermano y le dió algunas órdenes, se hizo varias cruces en la cara y pecho, muy de prisa. Bajó furtivamente á la bodega y tardó algo en subir y en vaciar sobre la mesa del abogado su delantal, de donde cayeron, envueltos en polvo y telarañas, cuatro objetos que rebotaron produciendo el sonido especial del dinero metálico. Los objetos eran una hucha de barro, un calcetín, una bota ó gato y un saquete de lienzo.

Aquella tarde le dijo á Segundo Leocadia:

—¿Sabes una cosa, corazón? Que es lástima que por un traje ó por cualquier menudencia así pierdas de colocarte y de conseguir lo que pretendes... Mira, yo tengo ahí unos cuartos que... no me hacen mucha falta. ¿Los quieres, eh? Yo te los daba ahora y tú después me los volvías.

Segundo se irguió con arranque sincero de pundonor y dignidad:

—No vuelvas á proponerme cosas por ese estilo. Admito tus finezas á veces por no verte llorar á lágrima viva. Pero eso de que me vistas y sostengas... Mujer, no tanto.

La maestra insistió amorosamente media hora más tarde, aprovechando la ocasión de encontrarse el Cisne algo pensativo. Entre él y ella no cabía mío ni tuyo. ¿Por qué reparaba en aceptar lo que le daban con tan gran placer? Acaso dependía su porvenir de aquellos cuartos miserables. Con ellos podría presentarse decentemente en las Vides, imprimir sus versos, ir á Madrid. ¡Ella sería tan dichosa viéndole triunfar, eclipsar á Campoamor, á Núñez de Arce, á todos! ¿Y quién le privaba á Segundo de restituir, hasta con creces, el dinero?... Charlando así, echaba Leocadia en un pañuelo, anudado por las cuatro puntas, onzas y doblillas y centenes á granel, y lo entregaba al poeta, preguntándole con voz velada por el llanto:

—¿Me desairas?