No realizó nunca Méndez de las Vides el tipo clásico del mayorazgo ignorante, que firma con una cruz, tipo tan común en aquel país de tierra adentro. Méndez, al contrario, alardeaba de instruído y culto. Escribía con letra correcta, junta y menuda, de viejo obstinado; leía bien, calándose las gafas, alejando el periódico ó el libro, recalcando las palabras, con reposada voz. Sólo que se había estacionado su cultura en una época: la Enciclopedia, que su padre ya conoció tarde, y que á él llegó con un siglo de retraso. Leyó á Holbach, á Rousseau, á Voltaire y los catorce tomos de Feijóo. Quedó adscrito y sellado hasta en lo físico. En religión se hizo deísta, sin dejar de ir á misa y comer de pescado en Semana Santa: en política tomó vahos de regalismo. Sin embargo, desde la venida de don Victoriano, algún movimiento se produjo en las ya estratificadas ideas del hidalgo de las Vides. Gustóle aquello de la autonomía inglesa, la libertad individual, unida con el respeto á la tradición y la influencia civilizadora de las clases aristocráticas: serie de importaciones sajonas más ó menos felices, pero á las cuales debía don Victoriano su fortuna política. Discantando estas profundidades de ciencia social, pasábanse tío y sobrino largas horas, durante las cuales Nieves hacía labor, prestando oído por si en las piedras del sendero resonaba el trote de algún caballo; una visita, una distracción en su ociosa existencia.
Segundo, para bajar á las Vides, pidió el jaco endiablado, el del alguacil. Desde el crucero, el camino se hacía clivoso y difícil. Lo interceptaban á trechos peñas muy lisas y resbaladizas, y el jinete se colgaba de las riendas, porque las herraduras se deslizaban arrancando chispas, y el animal, arrastrado por su peso, podía caerse. El terreno, calcinado por el sol, era quebradísimo; las casas, más que sentadas en firmes cimientos, parecían colgadas de las laderas, próximas á desprenderse y rodar al río, y el indispensable tiesto de claveles reventones, asomando y saliéndose casi por los balconcillos de madera, recordaba la flor que al desgaire se coloca en el pelo una gitana. Á veces Segundo cruzaba un pinar; respiraba el olor balsámico de la resina, y pisaba una alfombra de hojas secas que asordaba el golpe del casco de su montura; de repente, entre dos vallados, aparecía un angosto sendero, orillado de zarzamora, digital y madreselva, y á menudo experimentaba Segundo la impresión de bienestar que causan á las horas de sol los toldos vegetales, y trotaba al amparo de un túnel de verdura, un emparrado alto sostenido en postes de piedra, viendo sobre su cabeza los racimos que ya negreaban y escuchando el alborotado pitío de los gorriones y el silbo estridente de los mirlos. Por las murallas tapizadas de musgo correteaban los lagartos. Cuando se encontraban dos ó tres vereditas, Segundo refrenaba el caballo buscando la dirección de las Vides y preguntando á las mujeres que subían trabajosamente, arrastrando el cuerpo, cargadas con un coloño de leña de pino, ó á los chiquillos que retozaban á la puerta de las casas.
Allá abajo, muy profundo, corría el Avieiro, y visto desde la altura podía compararse á la hoja de acero que, blandida, culebrea y refulge. Enfrente la montaña, donde se escalonaban, á manera de gradas de colosal anfiteatro, hileras de paredones de sostenimiento para las viñas, construídos con piedra blancuzca; y las listas claras sobre el fondo verde hacían bizarra combinación, destacándose en ella el rojo tejado de algún palomar ó casa solariega, y en la cima del monte el verdor más sombrío de los pinares. Ya veía Segundo á sus pies las tejas de las Vides. Descendió una cuesta más vertical que horizontal, y se halló delante del portalón.
Bajo la cepa estaban Victorina y Nieves. Entreteníase la niña en saltar á la cuerda, y lo hacía con notable agilidad, á pies juntillas, sin moverse de un sitio, volteando la cuerda tan rápidamente, que fingía una especie de niebla en derredor de la elegante academia de la saltarina. Como los claros de la parra dejaban pasar grandes manchones de sol, á lo mejor se inundaba de luz el cuerpo de la chiquilla, y radiaba su mata de pelo, sus brazos ó sus piernas desnudas, pues sólo tenía una blusa azul marino, corta y sin mangas. Al divisar á Segundo dió un grito, soltó la cuerda y desapareció. En cambio Nieves, levantándose del banco donde trabajaba, con la sonrisa en los labios y algo encendida de sorpresa, tendió la mano al recién-venido, que se apeó prestamente del caballo.
—¿Y el señor don Victoriano? ¿cómo sigue?
—¡Ah! Por allí andaba, regular de salud; pero muy divertido con las faenas agrícolas, muy satisfecho... Y al decir esto, tenía el rostro de Nieves la expresión distraída con que hablamos de cosas que nos interesan poco. Segundo observó que la señora del ministro reparaba en su atavío flamante, recién llegado de Orense; y por algún rato le mortificó la duda de si lo encontraría pretencioso ó ridículo, hasta el extremo de sentir no haber traído la ropa de todos los días.
—Ha asustado usted á Victorina, añadió Nieves riendo... ¿Dónde se habrá metido esa boba? De fijo que sólo se escondió porque estaba de blusa... Usted la trata como á una mujer y ella se pone insoportable. Venga usted...
Remangóse Nieves la bata de cretona blanca salpicada de capullos de rosa, y penetró intrépidamente en la cocina, que estaba al nivel del patio. En pos de los taconcitos Luis XV, que encubría el encaje bretón de la enagua, recorrió Segundo varias piezas: cocina, comedor, sala del rosario, llamada así porque en ella lo rezaba con los criados Primo Genday, y por último, sala del balcón. Allí se detuvo Nieves exclamando:
—Los llamaré por si están en la viña.
Y asomándose gritó: