—¡Tío! ¡Victoriano! ¡Tío!
Dos voces respondieron:
—¿Qué?... Allá vamos.
No hallando cosa oportuna que decir, Segundo callaba. Tranquila ya la conciencia con haber llamado á las personas formales, Nieves se volvió y dijo con la afabilidad de un ama de casa que conoce su obligación:
—¡Pero qué amable, qué amable ha sido usted! Hasta las vendimias no contábamos con que se animase á venir... Y ahora, que se acercan las fiestas... Tanto que pensaba ver á usted antes en Vilamorta, porque Victoriano se empeña en tomar las aguas quince días...
Al hablar, se respaldaba en la pared, y Segundo se azotaba con el latiguillo la punta de las botas. Del huerto subió la voz de Méndez.
—Nieves, Nieves... Que bajes, si te es igual.
—Con permiso de usted... Voy por una sombrilla.
Tardó poco en volver, y Segundo la ofreció el brazo. Bajaron al huerto por la solana, y entre los saludos de ordenanza, Méndez protestó contra la idea de que Segundo se volviese la misma tarde á Vilamorta.
—¡Hombre! ¡No faltaba más! ¡Coger calor dos veces en un día!