Y el señor de las Vides, aprovechando la coyuntura que jamás desperdicia un propietario rural, se apoderó del poeta, consagrándose á enseñarle al pormenor la finca. Explicábale al mismo tiempo sus empresas vitícolas. Había sido de los primeros á azufrar con fortuna, y empleaba abonos nuevos que acaso resolviesen el problema del cultivo. Hacía ensayos tratando de imitar con el vino común del Borde el Burdeos de pasto; de prestarle, con polvos de raíz de lirio, el bouquet, la fragancia de los caldos franceses. Pero le salía al paso la rutina, el fanatismo, según decía confidencialmente bajando la voz y poniendo una mano en el hombro de Segundo. Los demás cosecheros del país le acusaban de olvidar las sanas tradiciones; de adulterar y componer el vino. ¡Como si ellos no lo compusiesen! Sólo que ellos lo hacían sirviéndose de drogas ordinarias, v. gr., campeche y yerba mora. Él se contentaba con aplicar los métodos racionales, los descubrimientos científicos, los adelantos de la química moderna, proscribiendo el absurdo empleo de la pez en las corambres, pues si bien la gente del Borde alababa el dejo á pez en el vino, diciendo que la pez hacía beber otra vez, á los exportadores les repugnaba, con razón, aquel pegote. En fin, si Segundo quería ver las bodegas y los lagares...

No hubo remedio. Nieves se quedó á la puerta, temerosa de mancharse la bata. Así que salieron, se trató de registrar el huerto en detalle. Era también el huerto una serie de paredones en gradería, sosteniendo estrechas fajas de tierra, y esta disposición del terreno daba á la vegetación exuberancia casi tropical. Camelios, pavíos y limoneros crecían libres, irregulares é indómitos, cargados de hoja, de fruta ó de flores. Abejas y mariposas revoloteaban y bullían, libando, fecundándose, locas de contento y ébrias de sol. De paredón á paredón se bajaba por unas escalerillas difíciles. Segundo dió el brazo á Nieves y en la última grada se detuvieron para contemplar el río que corría allá muy abajo.

—Mire usted hacia allí, dijo Segundo, señalando á su izquierda una colina algo distante. Allí está el pinar... ¿Á que no se acuerda usted?

—Sí me acuerdo, respondió Nieves, guiñando, á causa del sol, sus azules ojos. El pinar que canta... ¡Mire usted cómo me acuerdo! Y diga usted, ¿sabe usted si hoy cantará? Porque de buena gana le oiría esta tarde.

—Si se levanta un poco de brisa... Con la calma que reina, los pinos se estarán casi quietos y casi mudos. Y digo casi, porque del todo no lo están nunca. Basta el roce de sus copas para que vibren de un modo especial y tengan un susurro...

—¿Y eso—preguntó Nieves en tono jocoso,—no sucede más que en el pinar de aquí, ó es igual en todos?

—¿Quién sabe? respondió Segundo mirándola fijamente. Acaso el único pinar que cante para mí será el de las Vides.

Nieves bajó la vista, y después echó una ojeada en derredor, como buscando á D. Victoriano y Méndez, que estaban un escalón más arriba. Notó Segundo el movimiento, y con imperiosa descortesía dijo á Nieves:

—Subamos.

Reunióse á Méndez, y ya no se despegó de su lado hasta que pasaron al comedor, donde les aguardaban Genday y Tropiezo. La última á llegar fué la niña, muy púdica ya, con medias largas y traje de blanco piqué.