La mesa en que comían no estaba en el centro, sino en un costado del comedor; era cuadrilonga, y los convidados, en vez de sillas, tenían para sentarse dos bancos fronterizos, de ennegrecido roble. Los extremos de la mesa quedaban libres para el servicio. Sóbrio por instinto, Segundo reparó con sorpresa la inverosímil cantidad de alimentos que consumía don Victoriano, no sin advertir también que su rostro estaba más demacrado que nunca. Á veces, el hombre político se detenía, porque un remordimiento le asaltaba.
—Estoy devorando.
Protestaba el anfitrión, y Tropiezo y Genday, por turno, exponían doctrinas latas y consoladoras. La naturaleza es muy sabia, decía el señor de las Vides, que no olvidaba á Rousseau, y el que la obedece no puede errar. Primo Genday, glotón como todos los pletóricos, añadía con cierta teológica unción: para que el alma esté dispuesta á servir á Dios, hay que atender primero á las justas exigencias del cuerpo. Tropiezo, por su parte, sacaba el labio inferior, negando la existencia de ciertas enfermedades novísimas. Toda la vida hubo personas que padeciesen de la orina y jamás se les privó el comer y beber, al contrario. Por lo mismo que la enfermedad desgasta, hay que nutrirse. Fácilmente se dejaba persuadir D. Victoriano. Aquellos manjares de otros tiempos, aquellas anticuadas vinagreras milagrosas de donde por un tubo salía el aceite y el vinagre por otro sin confundirse jamás, aquel inmenso mollete colocado á guisa de centro de mesa, eran otros tantos arcaismos encantadores para él, que le recordaban horas felices, años límbicos de la existencia. Á los postres, cuando Primo Genday, sofocado aún por una discusión política en que calificó de incircuncisos á los liberales, se puso de repente muy grave y empezó á rezar el Padre nuestro, el ministro, racionalista añejo ya, sorprendióse de la devoción con que sus labios murmuraron: El pan nuestro de cada día... ¡Caramba, estas cosas de cuando era uno joven!... D. Victoriano revivía al contacto de sus desvanecidas mocedades. Hasta se le venían á las mientes recuerdos de noviazgos efímeros, de amorcillos de quince días con señoritas del Borde, que á la hora presente debían ser apergaminadas solteronas ó respetables madres de familia. ¡Valiente necedad!... El ex-ministro rechazó la servilleta y se levantó.
—¿Usted duerme la siesta? preguntó á Segundo.
—No, señor.
—Yo tampoco. Venga V. y fumaremos un cigarro.