Sentáronse en la sala, cerca del balcón, en dos mecedoras traídas de Orense. Del huerto y de las viñas subía una tranquilidad perezosa, un silencio tan absoluto, que podía oírse el choque mate de las pavías maduras al desprenderse de la rama y dar en la tierra seca. Olores á fruta y á miel entraban por el balcón entreabierto. Por la casa no rebullía nadie.

—¿Una breva de recibo?

—Mil gracias...

Restalló el fósforo, y Segundo se meció imitando á D. Victoriano. El cadencioso balanceo de las mecedoras, la soñolienta paz del sitio, todo convidaba á importante y confidencial diálogo.

—¿Y V. qué se hace, vamos á ver, por Vilamorta? Es V. abogado, ¿no es eso? Tengo idea de que se propone V. suceder á su padre, una persona tan inteligente...

Segundo vió propicio el momento. La voluta de humo del cigarro le velaba los ojos con suave niebla, predisponiéndole á la expansión y desterrando su reserva habitual.

—Me horripila el pensamiento de empezar ahora la vida que mi padre está terminando; contestó á la pregunta del ex-ministro.—Esa lucha mezquina para ganar un poco de dinero más ó menos; esas intrigas de lugar, esos manejos miserables, ese expedienteo, todo eso, señor D. Victoriano, no se hizo para mí. No es que no pueda ejercer: he sido un regular estudiante porque mi buena memoria me salvó siempre en los exámenes. ¿Pero de qué sirve esa carrera? De base nada más. Es un pasaporte, es una papeleta de entrada en cualquier oficina.

—Hombre... pch...—y D. Victoriano sacudió la ceniza del puro;—eso es verdad, muy verdad. Lo que se estudia en las aulas, apenas se utiliza después. Yo, si no es por la pasantía en casa de D. Juan Antonio Prado, que me hizo aplicar los codos y aprender cuántas púas tiene un peine, no me luciría mucho con mi ciencia compostelana. Amigo, lo que le forma á uno y le desasna, es esa pasantía terrible y ese aprieto en que se ve un muchacho cuando le ponen delante un rimero así de papeles y le dice un señor muy orondo: «Estúdieme V. eso hoy, y téngame mañana formulado dictamen». ¡Allí es lo bueno, el sudar, el roerse las uñas! Allí no vale pereza ni ignorancia. La cosa tiene que hacerse, y como no ha de ser por arte de encantamiento...

—Ni aun en Madrid y en gran escala me atrae á mí el foro... Tengo mis aspiraciones.

—Sepamos.