Vaciló Segundo, con el sentimiento de pudor del que narra un sueño ó visión amorosa. Miró dos ó tres veces al vagoroso humo azul, y por fin la media oscuridad de la sala, discreta como un confesonario, disipó sus recelos.
—Quiero seguir la carrera de las letras.
El hombre político paró de mecerse y de fumar.
—¡Pero hijo, si las letras no son carrera! ¡Si no hay tal cosa! Vamos claros: ¿ha salido usted alguna vez de Vilamorta... digo, de Santiago y de estos pueblos así?
—No, señor.
—¡Entonces comprendo esas ilusiones y esas niñadas! Por aquí todavía creen que un escritor ó un poeta, en el mero hecho de serlo, puede aspirar á... ¿Y V. qué escribe?
—Versos.
—¿Prosa, no?
—Algún artículo ó suelto... Casi nada.
—¡Bravo! Pues si se fía V. en los versos para navegar por el mundo adelante... Yo he notado en este país una cosa curiosa, y voy á comunicar á V. mis observaciones. Aquí los versos se leen todavía con mucho interés, y parece que las chicas se los aprenden de memoria... Pues allá en la corte le aseguro á V. que apenas hay quien se entretenga en eso. Por acá viven veinte ó treinta años atrasados: en pleno romanticismo.