Segundo, contrariado, preguntó con cierta vehemencia:

—¿Y Campoamor? ¿Y Núñez de Arce? ¿Y Grilo? ¿No son poetas de fama? ¿No gozan de gran popularidad?

—Campoamor... Á ese le leen porque es muy truhán y dice cosas que hacen cavilar á las niñas y reír á los hombres... Tiene su miga, y filosofa así, entreteniendo... Pero mire V.; ni él ni Núñez de Arce viven de los rengloncitos desiguales... Buen pelo echarían... Grilo, qué sé yo... Goza de simpatías allá entre las damas de alto copete, y le imprime sus poesías la reina madre, que por lo visto está en fondos... En fin, crea usted que ninguno medrará gran cosa por el camino del Parnaso... Y ya ve V.; se trata de los maestros, porque poetas de segunda fila, chicos que riman mejor ó peor, habrá en Madrid ahora unos doscientos ó trescientos... ¿Les conoce usted? Pues yo tampoco tengo el gusto... Cuatro amigotes les elogian, cuando publican algo en una Revista trasconejada... Y pare V. de contar. Hablando en plata, tiempo perdido.

Segundo, muy silencioso, se ensañaba con el cigarro.

—No lo tome V. á ofensa... prosiguió don Victoriano. Yo entiendo poco de letras, por más que en mis juventudes hice quintillas como todo el mundo: además, no conozco nada de V.... De manera que mi juicio es imparcial, y mi consejo sincerísimo.

—Yo... articuló Segundo al cabo—no tengo cifradas mis aspiraciones sólo en la poesía lírica... Acaso más adelante optaría por la dramática... ó por la prosa: qué sé yo. Sólo quisiera probar fortuna...

Don Victoriano se levantó y salió al balcón un instante. De repente se volvió; puso ambas manos en los hombros de Segundo, y pegando casi al rostro del poeta su cara amojamada, exclamó con lástima no fingida:

—¡Pobre muchacho! ¡Cuántos, cuántos disgustos le esperan á V.!

Y como Segundo callase, atónito de aquella efusión repentina:

—No puede V., novicio como es, adivinar en lo que se mete; me da V. pena: ya está V. divertido. En el estado actual de la sociedad, para descollar ó brillar en algo, hay que sudar sangre como Cristo en el huerto... Si es en la poesía lírica, Dios nos asista... Si hace V. comedias ó dramas, verá V. lo que es bueno: adular á los cómicos, dejar el manuscrito arrinconado, apolillándose en un cajón, que le corten á V. de un tijeretazo medio acto, y luego el miedo de la noche del estreno, y lo que viene detrás... que puede ser la más negra... Si se mete V. á periodista... no descansará V. diez minutos, hará usted la reputación de los demás y nunca verá ni el principio de la propia... Si escribe V. libros... ¿Pero quién lee en España? Y si se echa usted en brazos de la política... ¡Ah!