—Pero, Sr. D. Victoriano..., murmuró, con arreglo á sus teorías de V., en lugar de vivir... vegetaríamos.

—¡Y qué dicha mayor que vegetar! respondió el hombre político asomándose al balcón. ¿Cree V. que no son dignos de envidia esos árboles?

Tenía en efecto el huerto, á semejante hora en que declinaba el sol, cierta beatitud voluptuosa, cual si gozase un sueño feliz. Las hojas lustrosas de los limoneros y camelias, los gomosos troncos de los frutales parecían beber con deleite el fresco aliento vespertino, precursor del rocío vital de la noche. La atmósfera dorada se teñía á lo lejos en tintas de acuarela, color lila. Empezaban á oírse mil rumores, preludios de cantos de insectos, de conciertos de ranas y sapos.

Interrumpió la contemplativa tranquilidad de la escena el trote precipitado de una mula, y Clodio Genday en persona, sofocado, girando como una devanadera, penetró en el huerto. Con las manos, con la cabeza, con el cuerpo todo, llamó, gritó, vociferó:

—¡La traigo buena... buena! Ya subo, ya subo.

Fuéronle á recibir á la escalera de la solana, y entró disparado, como un rehilete, viéndose que no traía cuello ni corbata, y venía desceñido, hecho una calamidad.

—Que nada, Sr. D. Victoriano, que nos la juegan, que nos la jugaron... Que si no se toman pronto medidas perdemos el distrito... Mentira le parecería á V. lo que llevan revuelto y urdido, desde días acá, en la botica de doña Eufrasia... Y nosotros inocentes, descuidadísimos... Toditos los curas metidos en el ajo: el de Lubrego, el de Boan, el de Naya, el de Cebre... Ponen de candidato al señorito de Romero, de Orense, que está dispuesto á aflojar la mosca... Pero ¿dónde anda Primo; ese majadero, ese pasmón que no se enteró de nada?

—Vamos á buscarle, hombre... ¡Qué me cuenta V.! ¡Qué me cuenta V.! Nunca pensé que se atreviesen...

Y D. Victoriano, reanimado, excitado, siguió á Clodio que iba gritando por el salón:

—¡Primo! ¡Primo!